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lunes, 11 de julio de 2011

Saber esperar, saber mirar.

El camino viejo que une Posada de Valdeón con el mirador del Tombo es un corto paseo. Es grato recorrerlo los días que las piernas quieren descansar. Pero descansar no es sinónimo de quedarse quieto, y esos cuatro kilómetros de ida sin casi desnivel hacen mucho bien a un grupo esforzado como el nuestro.

Esconde la ruta, pequeños tesoros que se tornan grandes a quien los aprecia. Los trinos de algunos pájaros, los chillidos de los cuervos, ese lagarto que nos asusta al asustarse,... En varios puntos del sendero, unos cerezos cargados de fruta madura se nos ofrecen como zonas de detención obligada: unas son rojas, otras negras, más dulces y vampíricas.


De pronto, notamos algo. La carretera transita junto a la otra orilla del río, pero por una zona más alta, y el ruido de los pocos coches que pasan, apenas si llega a nuestros oídos. Pero no, la barahúnda procede de este lado. Es más, parece que viene siguiendo nuestros pasos. Al rato, una multitud de excursionistas adolescentes nos adelantan en tropel. Saludamos, pero no recibimos respuesta. El pelotón camina abriéndose paso entre el silencio de los pájaros. Los lagartos no les asustan porque hace tiempo que se han escondido y las cerezas son invisibles a sus ojos (lo cual no nos importa demasiado).

Una de las chicas se para y nos pregunta qué recolectamos (sic). Le ofrecemos una cereza y se la come. Se va sin más, sin dar las gracias. Bueno, pensamos, quizás sus padres le han dicho que es de mala educación hablar con la boca llena.

En fin, seguimos a lo nuestro y pasamos a la fase dos de comer cerezas: La competición de lanzamiento de güito.


PD: Esperamos que sea deporte olímpico en breve.

3 comentarios:

mòmo dijo...

¿Y la primera foto es del concurso de lengua más roja o más larga?

Sergio dijo...

Ambas categorías estaban en liza.

eresfea dijo...

¿Y güito viene de güesito?