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miércoles, 13 de julio de 2011

El día del oso.

Los truenos me despiertan de madrugada; hoy no hay monte. A las nueve y media, los muchachos todavía remolonean en la cama. Aun sintiéndolo mucho, hay que levantarse; es hora del desayuno.

Tostadas procedentes de una hogaza gigantesca se amontonan en nuestra mesa. Miel de los panales cercanos, café de puchero; un mundo de golosinas caen ante nuestra gula.



Sigue lloviendo. Definitivamente, hoy no hay monte. Bajamos a la sala del hostal; juegos de mesa, cartas, organizar las fotos de estos días. A la una, para de llover. Salimos de paseo, a abrir el apetito más que nada.

Las dos y media, hora de comer. El aroma del comedor me convierte en vidente. Ya sé el plato único: Cocido (y leonés); y flan casero de postre (hecho con los huevos del gallinero de aquí enfrente).

Sigue lloviendo. Siesta.

A las ocho, vamos al bar. Café con leche, y cacahuetes.

Son las nueve y media, la cena. La goma del pantalón se arrepiente de su mismidad.

Termina el día del oso. Hemos acumulado reservas para un par de semanas de invierno. Nos retiramos a nuestra cueva.

PD: Puf, casi no me cabe ni la postdata.

4 comentarios:

mòmo dijo...

Esa foto de las hogazas es una crueldad...

eresfea dijo...

Guarda, guarda, que vendrán tiempos menos buenos.

Tia madrina dijo...

A ver si traeis una hogaza de esas pa Donosti, sobre todo pa las que estamos a dieta....rarara.....

Sergio dijo...

mòmo, lo sé, soy consciente de ello y lo siento. Pero ten en cuenta que yo tengo que convivir con ellas todos los días. Es duro.
eresfea, esta noche, frente a la tarta de queso, recordaré tu consejo.
Tia madrina, la aduana no lo permite. Tal vez un queso.