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jueves, 3 de marzo de 2011

La crisis de las mandarinas.

El relato que sigue a continuación está basado en hechos reales con un grado de dramatización 3 (léase, Antena 3).


Ella entró en la habitación y encontró la puerta del armario sacada de sus goznes.
_¿Qué haces?- preguntó.
_Estoy mirándome en el espejo.-dijo él.
_¿Y por qué lo has desmontado?- volvió a preguntar ella con cara de no saber qué pasaba (algo totalmente cierto, por otro lado).
_Es que lo tengo que poner apaisado para verme entero.- respondió él con naturalidad.
_Se acabó. Mañana te pones a régimen.- dijo ella.

Y así fue, como no podía ser de otro modo.

Por la noche, cuando todos dormían, se despidió de sus compañeros hipercalóricos, cerró la tapa de la basura y se concienció para vivir en el mundo del no-sabor.

Pero no fue así. Poco a poco, descubrió gustos de los que había oído hablar. Incluso creía recordar haberlos conocido hacía tiempo, pero ya los tenía olvidados: la plancha, los alimentos hervidos,... Incluso rememoró pasajes bíblicos, como aquel de la división de los panes y los peces, pero no por la abundancia sino por los trozos.

Tres veces a la semana acudía al gimnasio y, durante una hora, levantaba pesos y los volvía a dejar en su sitio, andaba en bicicletas que no iban a ninguna parte y remaba sin mojarse. Todo aquello le parecía inútil, pero la recompensa era gratificante. Al terminar, él abría la bolsa que ella le preparaba. Un pequeño bocadillo de pan de molde, con abundante lechuga y una diminuta loncha de embutido de pavo, y dos mandarinas, daban sentido al hecho de tener dientes.

Sin embargo, con el paso de los días, la recompensa iba menguando. Al principio fueron los bordes del pan, eliminados con la excusa de la ternura. Más tarde, el grosor de la loncha, logrando casi la transparencia con la cuchilla recién afilada del charcutero. Pero el súmmum llegó con las mandarinas. Los primeros días, dos mandarinas bailaban en la bolsa pero, aquel día, una triste y solitaria esfera naranja rodaba de un lado a otro.

Entró en casa. Tranquilo. Decidido. Eso no podía ser.

_¿Qué pasa?-preguntó él sin rodeos.
_¿Qué pasa, con qué?-respondió ella.
_Qué pasa con las mandarinas.-dijo él.
_¿Qué pasa con las mandarinas?-dijo ella.
_¡Que pareces una hostelera donostiarra!
_¿Qué quieres decir?
_Que primero me dabas dos mandarinas y, hoy, sólo había una.
_Sí, pero es más grande.
_Pues eso, como los hosteleros donostiarras. Primero, dos, grandes, sabrosas. Luego, cada vez más pequeñas pero como son dos, no pasa nada. Y, por fin, el toque de gracia, en lugar de dos, una, con la excusa de ser más grande. Con el tiempo, esa grande será otra vez pequeña. Lo he visto demasiadas veces en los menús de la parte vieja.
_Mañana te pongo dos.

Y así terminó la crisis de las mandarinas.

PD: Y luego, se acabó la temporada de cítricos.


5 comentarios:

IMANOL dijo...

Mu gueno el suseido

Sergio dijo...

Gracias, Imanol. Con sandías no hubiera sido lo mismo.

Marc Roig Tió dijo...

A este ritmo no se te escapa un dorsal para la Behobia!!!

Sergio dijo...

Bah, más de lo mismo. Ir para volver. No, Marc, gracias pero quedamos en el puente.

iK dijo...

jojojo... ¡bueno!