www.flickr.com

sábado, 10 de abril de 2010

Sueño.

Los ojos se me caen. Menos mal que tengo cerrados los párpados y no llegan hasta el suelo. El engranaje del cuello se desconecta y mi cabeza se bambolea; delante, detrás, delante.
_Argf (onomatopeya mal resuelta de roncar-gruñir-atragantarse con la lengua).
_Aita, vete a al cama. Te estás durmiendo.

Acepto la recomendación del niño indefinido de cara borrosa y me salto los preliminares; del sofá a la cama sin pasar por el baño (tampoco se me pudrirán mucho los dientes esta noche; para lo que he cenado...)

Caigo en la cama en cualquier postura. Me cubro con la sabanta, y dejo caer la cabeza sobre alguna de las almohadas esparcidas por ahí (últimamente hay muchas más almohadas de las normales en mi cama; serán las vacaciones de los niños y sus paseos nocturnos; serán).

Cruzo la frontera inmediatamente, sin pasaporte, ni registro, ni nada; entro en el país de los sueños.

Pasada una hora (o un minuto, yo que sé si estaba dormido), noto unos empellones en la espalda. No hago caso. Los empujones siguen y, esta vez, vienen acompañados de tirones que destapan lo poco que tenía cubierto. Sigo sin hacer caso; si es uno de los chavales, ya se cansará (¡Sí, ya, como si lo hubieran hecho alguna vez!).

Tiro los dados y rebuzno:

_¡Aimar, déjame en paz!
_¡Qué dices Aimar!- replica Nieves. ¡Anda y ponte bien en la cama, que luego te duele la espalda y no haces mas que quejarte!

PD: Sabanta, engendro de la naturaleza, fruto de la unión abigarrada de sábana y manta, que ni tapa ni da calor.

4 comentarios:

Marc Roig Tió dijo...

Como fisio, apoyo el consejo de Nieves.

Allendegui dijo...

Mientras no te den una somanta, todo está bien.

Sergio dijo...

Razón no os falta, a los dos.

eresfea dijo...

Yo que pensaba que la sabanta tenía relación con la Sábana Santa...