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sábado, 27 de febrero de 2010

La casa de las puertas abiertas.

No era un bar, pero tenían un café soberbio; no era un restaurante, pero daban de comer como en casa. De siempre, leía en mis libros y mapas de montaña (Luis Pedro Peña Santiago, Imanol Goikoetxea, ...), que las clásicas de Aralar comenzaban en el Guardetxe. Su letrero lucía invariable con los años, "Casa forestal de Aralar", y la visita, tras la ruta, mantenía la misma temporalidad.

Un asomarse a la cocina de la casa para pedir; un café con leche de puchero; un chorizo mantenido al calor de la olla; un caldo cuando el frío apretaba y mordía los huesos; una mesa junto al fuego encendido; sentimientos infantiles en mis niños de ser auténticos montañeros.
Ayer, leo la noticia de la muerte de Nicolasa Amorena, guardesa del Guardetxe de Aralar. Desde el año pasado, cuando cerraron sus puertas por ruinas, derribándolo poco después, no hemos ido por allí.

Creo que ya es hora de volver.


PD: Aunque tiraran la casa, las puertas del monte siempre estarán abiertas.
PD2: Aunque la vuelta será un poco más dura.

1 comentario:

mòmo dijo...

Leía y pensaba ¡nos apuntamos!, pero seguí leyendo y me quedo una nota triste en el rabillo del ojo.

Aún así: ¿cuándo?