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sábado, 13 de febrero de 2010

Frío, frío.

Desde que, de pequeño, jugaba a esconder cosas, no oía tanto repetir esa palabra: "frío". No solía ser muy bueno o, tal vez, mis hermanos eran muy malos pero siempre era "frío, frío".
Ayer hizo frío, hoy hace frío, mañana... frío, frío.

_Buenos días, Maite- saludo a mi panadera; acaba de subir una cesta de panes calientes que hacen desear quedarse a charlar.
_Buenos días- me contesta dándome una barra ancha. Hoy hace frío, frío ¿verdad?
_Afuera sí-le digo; y me voy.

Me acerco con Asier al kiosco de la Avenida; la revista del sábado. La kiosquera son unos ojos y una nariz roja tras una nube de vapor.
_Menudo frío que hace hoy; pero frío, frío- dice, sonriendo con la mirada, aunque una lágrima helada se le escapa entre las gafas.
_Y tanto- respondo; y nuestros vahos se juntan de una forma un tanto promiscua.
Ocho horas quieta, vendiendo revistas al aire libre, colocan a su oficio como número dos en el ranking de trabajos ímprobos.

Acortamos el paseo, y volvemos por la calle Garibay. Pienso en los trabajos que cambian su estatus dependiendo de las condiciones climáticas. Llegamos al cruce con la calle Peñaflorida y veo la mercería-corsetería-camisería que ostenta el primer lugar en el ranking antes citado. En esta esquina, desde que tengo uso de razón, siempre está elando.


PD: Desde 1860, atendiendo a su selecta clientela; "El Andorrano, enaguas finas para señora y camisas de seda para caballero".

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