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sábado, 22 de agosto de 2009

Lluvia de agosto.

Era finales de agosto. Unas lluvias torrenciales no paraban de caer en la ciudad. Mario no se había ido de vacaciones, acababa de perder su trabajo, y no se lo podía permitir. Cogió el paraguas, se calzó las botas y salió a pasear. Caminar era barato y no le hacía pensar en sus problemas. ¡Cuánto echaba de menos el sol!

Al cruzar la calle se encontró con un escaparate que lucía un cartel tentador. Miró su escuálida cartera, dudó un instante y entró.

_¿Es cierto lo del cartel?- preguntó a la rubia dependienta.
_Sí, sí, los restos del verano están en ese montón.-le respondió sonriente.

Estuvo un tiempo rebuscando hasta que lo encontró. Estaba a buen precio, rebajado al cincuenta por ciento.

La dependienta se acercó.
_¿Se lo va a llevar?- preguntó.
_Sí, gracias. ¿No tienen nada más, verdad?- dijo él.
_No, en estas fechas es lo único que nos queda. ¿Se lo envuelvo?
_No, gracias. Me lo llevaré puesto.

Y así lo hizo, cogió su tres de julio, un día caluroso con nubes y claros, se lo puso y salió de la tienda.

Al cruzar la puerta, el sol le dio en la cara.

6 comentarios:

Liège dijo...

¡Qué gusto me ha dado leer tu cuento!
Abrazos y buen fin de semana.

iK dijo...

Muy agradable!

Helena dijo...

yo compraría un poco de sirimiri

Sergio dijo...

Gracias, Liège.
Gracias, iK.
Helena, ¡cuántos años ya, sin ese sirimiri eterno!

Anónimo dijo...

Maite: ¿Sabes, Sergio, que me has robado el título? También yo una vez me fijé en un cartel como éste. No llegué a escribir nada (mala costumbre ésta últimamente), pero cada vez que veo este anuncio me sugiere algo... A ver si algún día recupero MI título y escribo una contrahistoria...

Sergio dijo...

Maite, te reto.