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jueves, 20 de agosto de 2009

Bautismo de mar.

Disfruto de mi última semana de tardes "libres" (entrecomilladas por la luz parpadeante del teléfono en modo amenaza). Los niños despiertan de la siesta y, sudorosos, se arrastran hasta el salón.
_Aita, ¿pones la tele?- dice Asier.
_Siiiiiiiiií, ¡Bob epponja! - replica Aimar.
_¿Tele?, ¿a las cuatro de la tarde?, ¿en verano? - digo yo, haciendo aspavientos. Mejor nos vamos a dar un paseo en barco y si, de paso, encontramos un tesoro...

A Asier se le iluminan los ojos; se había levantado, pero ahora se acaba de despertar.

_¿Nos lo podemos quedar?- ruega.
_Bueno, habrá que pensarlo, ya sabéis que el capitán del barco se lleva siempre la mitad y la tripulación se reparte el resto. Venga, a vestiros. - les digo.
_Jo, ¡qué morro! - dice enfadado, pero enseguida reflexiona y contesta. ¿Y si no lo quiere?
_Vengaaaa, que si no llegamos tardeeee.

Pero, no, llegamos a tiempo.

Estamos en el puerto a punto de embarcar en el Ciudad de San Sebastián, el nuevo catamarán que sustituye al antiguo barco de idéntico nombre, y del que guardo recuerdos de mi infancia con mis hermanos y abuela.
Mientras Nieves sube con Aimar a la cubierta de arriba, Asier y yo nos dirigimos a proa. A babor y estribor hay unas escaleras que bajan a las bodegas, donde hay unos cristales que dejan ver debajo del agua.
_Mira - le digo- por ahí es desde donde miran el fondo y encuentran los tesoros.
_Jo, ¡qué morro! - contesta.

(Apunte mental, enseñarle otras expresiones para describir disgusto, enfado,...)

Nos acercamos a la cabina del capitán. Aún no está. Le enseño los walkie-talkies, el gigantesco GPS con un mapa de la bahía, el compás, la radio... pero él sólo se fija en una cosa.


_Mira aita, ¡el timón tiene cosas de oro! ¡Han encontrado el tesoro! - y oigo el latido de su corazón como si fuera el mío tras una maratón (bueno, una carrera corta).
_Mira, te explico. Por los cristales, buscan los barcos hundidos y ese timón será de alguno de ellos, pero no te preocupes que el tesoro todavía está escondido.

Y más calmado subimos a la cubierta superior.

El barco suelta amarras; poco a poco, vamos saliendo del muelle y nos cruzamos con un montón de embarcaciones; la bahía está muy viva. A la altura del Aquarium, pasamos frente a un vivero de mariscos y pienso en el duro oficio de algún amigo que tiene que completar su sueldo de esa manera.


El catamarán navega suave aunque hay un ligero oleaje y pegamos algún bandazo de vez en cuando.
_Cachiiis - pienso.
Asier está sentado junto a la borda, el aire le da en la cara y es feliz; mi temor por el mareo se disipa.

A la altura del Paseo Nuevo, Aimar señala con su dedo a tierra y sentencia:

_¡Ferias!

Giro la cabeza y no veo ninguna. Hasta el domingo estuvieron en ese lugar, al que su dedo sigue señalando, pero ahora sólo se ve la roca pelada. Si tenemos en cuenta que sólo fuimos una vez con nuestros amigos de Bilbao, y que el lugar estaba lleno de gente, a mí no me queda duda de que si me pierdo en el monte, Aimar es la mejor opción; quizás fuera que de pequeño le vacunaron con la aguja de una brújula.
A Asier fue con la de un tocadiscos, porque no calla. Ve botellas flotantes con mensajes, el faro del pirata, la isla llena de gente (con mucho morro),...

Regresamos a puerto. El bautismo de mar lo remojamos, a falta de ron y grog, con un buen chocolate con churros en Santa Lucía.

Al volver a casa, los besos saben a sal.

6 comentarios:

Ander dijo...

En ese vivero guardo a remojo las ideas.

mòmo dijo...

Precioso paseo. Envidiable, envidiable.

eresfea dijo...

Espléndido.
(¡Y qué continuidad del morro!).

Sergio dijo...

Lo siento, Ander, pero no te libras; a la próxima cena traes tú el menú.
mòmo, os hubiera gustado; nos acordamos de vosotras.
eresfea, y eso que no viste los morros después de la chocolatada.

Luis dijo...

Qué bonitos recuerdos para ti y tus hijos...pienso en el momento en que dentro de 20 años, releas estos textos y te envidio.
Enhorabuena!

Sergio dijo...

Luis, que veinte años no es nada (que febril la mirada...)