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viernes, 27 de febrero de 2009

Todo incluido.

Espero a alguien delante de una agencia de viajes. El escaparate no tenía por qué ser de cristal, está totalmente cubierto de ofertas y no se ve un hueco libre. Me fijo en una: "¡Descubra el espíritu de Asturias esta Semana Santa! ¡Todo incluido!".
En los pocos centímetros de papel (es uno de los más pequeños) se agolpan todas las actividades que se pretende realizar: trekking por los Picos de Europa, comida típica en sidrería, paseos a caballo, rafting, descenso en piragua por el Sella, visita al Santurario de Covadonga y a los Lagos...

Bien, muy bien, el que vaya no se aburrirá pero... ¿Todo incluido?

No. En esa oferta no está incluido tirarse en la hierba boca arriba para ver las formas de las nubes, ni tiritar por la brisa fría de la mañana al salir de la tienda de campaña; no incluye conocer a gente y tomarse un tiempo para charlar, o jugar con los niños en el patio del colegio del valle; ni caminar hasta entrada la noche en busca de un pueblo perdido en las montañas. Tampoco incluye tirar piedrecitas al río, coger cerezas salvajes o buscar el rastro de un jabalín (jabalí); ni escuchar, mientras caminas en la niebla, las campanas de una iglesia que no existe o mojarte los pies en un riachuelo que no está en los mapas.

He leído que las agencias de viajes engañan al cien por cien en sus ofertas.

La gente cree que sólo en el precio.

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