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viernes, 13 de febrero de 2009

Serapia.

Es el día de San Antón. Recorremos las ermitas de Berástegui y, cercanos al mediodía, llegamos a la de San Sebastián. El coche queda aparcado en una fuerte pendiente y calzo las ruedas con unas piedras. Un fiat pequeño se aproxima por la carretera pero se detiene al pie de la cuesta. De un lado se baja una mujer, del otro un hombre y rebuscan en el maletero. Sacan un par de bolsas y lo que parece, y es, el palo de una escoba. Él vuelve a subir al coche y se va. Ella comienza a subir y llega a nuestra altura.

_Qué, ¿de excursión?- saluda al pasar.

Los niños revolotean alrededor.

_Sí- le contesto-, estamos viendo las ermitas del pueblo.
_Si buscáis la de San Antón está más abajo, junto a la carretera- nos dice.
_Sí, ya la hemos visto - y pienso que hay veces que puedo parecer un borde sin pretenderlo. Vamos a ver la de San Sebastián y luego la de San Lorenzo.
_La de San Sebastián está aquí arriba, yo voy allí, pero no se puede llegar en coche, a la otra sí, por la pista que hay pasando por debajo de la autovía.
_Muchas gracias - y me giro para ocuparme de los niños que están muy cerca del borde (de mí no, de la carretera). Cuando vuelvo a mirar ya se ha perdido de vista y me olvido de ella.

La ermita está en la cumbre, así que no hay pérdida, el único problema es buscar el camino. La loma está dividida en multitud de parcelas separadas por alambre de espino. Terminamos saltando una de ellas, cubriendo los pinchos con pañuelos. La puerta está abierta. Dudo un momento, pero me asomo. La mujer está dentro.

_¿Podemos pasar?- pregunto prudente desde la puerta. (Me molesta la gente que pregunta eso mismo mientras lo hace; primero se pregunta y luego se entra.)
_Pasad, pasad, estoy limpiando- nos dice desde el altar.

Entramos todos. Me acerco.

No recuerdo cómo empezamos a hablar pero la conversación surge. Está limpiando la ermita para el día de San Sebastián (2o de enero). Le pregunto por la celebración, si hay romería, fiestas,...

_No, no, sólo la misa. Subimos de Berástegui, pero si hace malo se suspende.

Pienso en todo el trabajo que se está tomando. Limpia la imagen, el altar, los bancos, barre todo el suelo... y la ermita no es pequeña.
Hago un comentario, quizás algo ingenuo, sobre hacerlo ella sola; que vaya faena si justo llueve ese día...; que la tele anuncia malo...

_Llevo dieciocho años limpiando la ermita- continúa. Antes también limpiaba la de San Lorenzo pero le dije al cura que buscara a alguien. Lo dijo en misa y ahora lo hacen entre cuatro del pueblo.

Calla por un instante pero no digo nada, el tono que ha empleado me desconcierta un poco.

_Es que- continúa- la de San Lorenzo está muy lejos y a mi marido no le va mucho esto. Me deja en la carretera, ahí abajo y luego viene a buscarme. No le gustó nunca el monte, siempre ha trabajado en el taller y luego se va a casa.

Esta ermita está relativamente cerca de la carretera pero la otra está lejos para ir andando, sobre todo con dos bolsas de enseres de limpieza y una escoba. La imagen sería cuando menos curiosa, montañeros con botas, bastones y mochila cruzándose con una señora de cincuenta años pasados, con alpargatas y bolsas del super.

Coge la imagen tumbada en el altar y la pone en una mesa antes de que pueda ayudarla. Tampoco parece hacerle falta pero quedo al tanto para la próxima. Quita unos papeles que protegen la piedra y continúa limpiando.


_Son los mochuelos que lo cagan todo. Ahora han cerrado las entradas, pero aun así... Luego pongo un mantel mío que traigo de casa.

Miro las vigas donde chorrean los susodichos; marca característica de los lugares abandonados.
Termina de pasar el paño y agarra la figura. Esta vez estoy al quite y me adelanto. La cojo. ¡Caray con la señora, lo que pesa la figurita! Meto riñones y la pongo de pie bajo la cruz.

_¿Aquí?- digo, y mi pregunta es un ruego.
_Sí, ahí está bien, pero hay que calzarla para que no se caiga.

Con un par de lascas apañamos al santo.

_¿Sólo se abre la ermita el veinte de enero?
_No, también vengo para el veinte de agosto. También hay fiesta.

(Nota mental para otro momento).

_La estatua está muy bien conservada - comento.
_Es que es nueva, la otra se la llevaron unos gamberros. ¡Pero si no era antigua ni nada! Los bancos de aquí tampoco son nuevos.

Me extraña el comentario, por obvio de lo gastados que están, pero callo.

_Los que había - aclara- estaban todos rotos, pero han arreglado la capilla que tiene el cura en el pueblo y le han puesto bancos nuevos. Los viejos para ésta.

Intento ver un reproche en su comentario pero no lo hay, aunque quizás alguien lo mereciera. No seré yo quien meta las narices donde no me llaman.
Estoy sólo con Mònica, los demás se han ido, quizás hace tiempo. Es momento de marcharnos. Sin embargo queda algo muy importante.

_Bueno, nosotros nos vamos. Encantados de haberla conocido. ¿Cómo se llama usted?
_¡Serapia!

Le cambia el rostro, deja la escoba y nos mira.

_Yo soy de Leitza. Allí era la única Serapia y cuando me casé y vine aquí, también era la única del pueblo.

Lo cuenta con alegría, con un pequeño recuerdo a su juventud. Le comento que las fiestas de Semana Grande en Donosti coinciden con las de su pueblo.

_¡San Tiburcio!- exclama. Pero ya no me gustan las fiestas, todo es por la noche. Ya no hay nada para divertirse.

La alegría se apaga y continúa barriendo, hacia la puerta. Es la señal, nos vamos.

_Agur, Eskerrik asko, quizás el año que viene nos volvamos a ver.
_Si, pero no creo que me acuerde, soy muy mala para estas cosas.
_No se preocupe, nosotros nos acordaremos de usted, descuide.

Y nos vamos con un regalo bajo el brazo. Serapia.

6 comentarios:

Ander dijo...

Bravo, Sergio, qué buen retrato de la buena señora.

eresfea dijo...

Muchas gracias, Sergio.

Sergio dijo...

Gracias a ella, por el homenaje que nunca le ofrecerán los que disfrutan de su generosidad (aunque espero equivocarme).

mòmo dijo...

Estupendo, Sergio. Ni falta ni sobra nada.

J M C dijo...

Mientras leía el relato -espléndido- me he acordado de los cuidadores de mundos de Ander. Deberías pensar en hacerle un relevo.

Sergio dijo...

Gracias Mò, ¿verdad que fue un regalo lo de esta señora?

JMC, halagado por la comparación inmerecida.