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viernes, 10 de octubre de 2008

La vez.

Ricardo y Rosa venían a comer a casa, así que pasamos por La Bretxa a comprar algo de paté y el consabido pollo (si te invito a comer a casa, más te vale que te guste el pollo; al menos hasta que crezcan los niños y retomemos el gusto de cocinar).

Pollo bueno, pollo rápido, pollo sencillo.

Nieves aprovechó para hacer unas compras más, lechugas, tomates,... y yo me fui a Prontxo a hacer cola; los sábados hay mucha gente.


Prontxo es uno de los pocos puestos que no tienen el, ahora habitual, "contador de clientes" (esa especie de ruedita roja de la que coges números), así que miré cuántas clientas me precedían y esperé mi turno.

Al rato llegó Nieves.

_¿Quién es la última? - me dijo.
_Eh... pues yo - respondí.

Me sonrió.

_Ah, vale, esa de negro ... creo - le dije. Lo cierto es que no me importaba demasiado, en cuanto hubieran atendido a todas las que me precedían, me tocaría a mí. Sin más.

Se dirigió a la mencionada y cruzó unas palabras con ella. Las demás se acercaron en corrillo y comentaron algo. Según discurría la conversación, demasiado lejana para escuchar nada, me dirigían miradas subrepticias y se sonreían. Nieves también me miraba y se reía.

Cuando acabó mi radiografía, volvió a mi lado y me dijo :

_Bueno, sí, dicen que el último es el "chico de la gorra" (yo), pero como no ha pedido la vez ...

¡LA VEZ!, ¡Dios mío! De pronto recordé los tiempos de mi abuela Cándida, de cuando iba con ella y pedía la vez.

Cuando se llegaba a un puesto había que hacerlo, en caso contrario corrías el peligro de que no te atendieran. La vez se pedía y la última hasta entonces te la daba, tú se la pasabas a la siguiente que la pidiera, y así hasta el infinito. Si llegabas y no lo hacías, no tenías turno. Podía llegar otra mujer y pedirlo, de manera que, aunque estuvieras antes, no te tocaba, no existías.
Recalco lo de mujer porque esa era la única excepción posible, la única excusa para no seguir las normas, ser hombre.

Los hombres estaban exentos de las "normas del mercado", no pedían la vez, no hacían siquiera cola, pues el pedido era siempre para una sociedad y previamente se llamaba por teléfono. Al llegar, siempre estaba preparado; el hombre se acercaba al mostrador, había un rápido intercambio de bolsas y dinero, y nadie decía nada.

Pero yo no era un hombre, yo era "el chico de la gorra" y, como tal, no tenía los derechos adquiridos de los verdaderos hombres. De nada valía que tuviera a dos fieras danzando a mi alrededor, de las cuales por lo menos una se parecía a mí (el pobre), demostrando que era el padre ; eso no me elevaba de la categoría de "Chico". Nieves tenía la posibilidad de quitarme la vez, si así lo decidía; las demás le apoyarían en bloque.

La verdad es que es una costumbre que creía perdida y, de hecho, no es muy habitual verlo, pero si bajáis un día a La Bretxa, y os acercáis a un puesto donde estén esperando unas señoras de "una cierta edad", probad a pedir la vez.

No os arrepentiréis ... o quizás sí.

Para desquitarme me cogí un trocito de paté del bueno.


PD : Ayer, hace cinco años, mi abuela Candi se fue; al mes, vino Asier.

In Memoriam.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Cuando era pequeña, no solo habia el intercambio bolsa-dinero que tu comentas Sergio(cuando el pedido esta anticipado por telefono) sino que incluso si la cola era femenina y llegaba un hombre, se le "colaba". Yo siempre se lo preguntaba a mi abuela, y ella me contestaba; deja, deja, que los hombres no tienen paciencia, que compre y que se vaya. Yo no lo entendia muy bien pero como lo decia mi abuela que era mas anciana y más sabia, pues.......

Un año muy importante para mi el 2003. Cambiaron muchas cosas en mi vida (reflexión).

Andanhos dijo...

Muchas gracias.
Fue un gusto haber pasado el sábado con vosotros.
Esas normas del tiempo de las abuelas son muy curiosas... y hermosas cuando uno las reconoce.
No sé si habrás comprendido lo que escribo en mi blog. Mònica ya empieza a acostumbrarse al portugués.
Abrazos a Nieves, a Asier, a Aimar y a ti.