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martes, 14 de octubre de 2008

¡Hola, Sergio!

_¿Qué tal Mónica?, ¿Habéis encontrado bien el camino?

Así comenzó el sábado, viendo asomarse tres decididas montañeras por el sendero que sube a nuestra borda, y saludándonos como si unos viejos amigos se volvieran a ver tras un par de semanas.

Realmente, la aventura se había ido definiendo desde hacía unos días. Una receta de Mònica , intercambiada por una ruta secreta para coger castañas, hacían un perfecto trueque.

Así pues, Joana (primera, como no), Mònica y Liège (la fotógrafa oficial de la expedición), se acomodaron en nuestro campo base y comenzó la organización.

Joana y Asier, protagonistas de la marcha, y quienes marcarían el ritmo de la misma, se relajaban charlando y dando buena cuenta de la enorme bolsa de pistachos que habían traído.


Liège acariciaba a los caballos del vecino que apreciaban su gesto metiéndose hasta la cocina, y Mònica dejaba chubasqueros y cámara, definiendo con Nieves cantidades de agua, bocadillos y chocolates, necesarios para la marcha. Aimar comenzaba a despertarse y estiró un rato las piernas antes de subir a la mochila, dispuesto a ser el más alto del grupo.

Antes de comenzar la excursión, la pareja estrella, intercambió puntos de vista sobre el potrillo y su madre, que no oí, pero que me consta habrían dejado perplejo a cualquier biólogo.


Joana y Asier, en comandita, comieron las últimas moras, huyeron del humo, escaparon de los perros y llegaron, frescos como una rosa, a la zona secreta.


Nosotros, subimos, paramos, cargamos, descargamos, charlamos, aprendimos antiguas tradiciones (caga tiò), reimos, sudamos y llegamos a la zona secreta, frescos como ..., bueno dejémoslo en que llegamos.

Poco importó que ya hubiera pasado la mejor época para la recolección. A los ojos infantiles, un mar de castañas se extendía bajo sus pies. Joana aprendió a pisar los erizos para abrirlos y también que no hay que esquilmar nunca los frutos que el bosque nos regala, dejando siempre una de las tres castañas para las ardillas. Aimar y Nieves se alejaban prudentemente del alborozo infantil, mientras Mònica se multiplicaba para que no rodaran cuesta abajo y, Liège y yo, colaborábamos con una mano en tanto que con la otra, sacábamos fotos y más fotos.
Incluso Oinatxo, futuro protagonista del calendario navideño, hacía sus pinitos emulando a eresfea, encontrando una seta que no le cabía en la mochila y que dejó en su sitio.


Tras la visita a la segunda zona secreta, con el ánimo más relajado, un hada del bosque convirtió a Joana en pájaro y le enseñó a volar con alas de castaño; Asier le rompió una "porque tenía un bicho", y se la repuso por otra.


Era temprano y decidimos seguir hasta la ermita de Guadalupe.

¿Qué nos encontraríamos?, ¿Estarían las porterías de fútbol y los columpios en el sitio prometido?, ¿Las lagartijas caerían en las manos que intentaban cazarlas?


(continuará)

2 comentarios:

IMANOL dijo...

Vayaaaaaa... ahora he caido quién me dijo que el vecino bajo los manzanos tenía maría plantada.

Sergio dijo...

Ya sé que te pasaste por allí, miré y no quedaba nada.