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jueves, 16 de octubre de 2008

Flores, zampazar y piratas.

Continuamos nuestra excursión rumbo a la Ermita de Guadalupe. Nieves y Mònica intercambiaban impresiones mientras Asier le enseñaba las flores de cicuta a Joana y le avisaba que no tocara las ortigas porque picaban.


Llegamos a la zona del fuerte, ya muy próximos a nuestro destino, y nos asomamos a la valla.
_¿Ahí viven los piratas?-preguntó algo preocupada Joana.
_Sí- contestó Asier. Pero si salen les damos así ¡Pum!
Pero no pareció convencerle mucho.

Paramos a comer y según desplegábamos bocadillos, botellas y demás, oímos campanas de boda en la ermita. Sonreímos, pero evitamos acercarnos. Al fin y al cabo, no habríamos pasado desapercibidos. Sin embargo, al rato, las campanas se transformaron en cencerros.

_¿Qué es eso?- preguntó alguien.
_¡Son los zampazar!, ¡Vamos!

Nieves quedó en retaguardia, con Aimar y las provisiones, y Mònica salió disparada de la mano de Joana y Asier; Liège y yo, les perseguíamos cámara en mano. Aparte de los zampazar, al fondo aparecieron también unos gigantes que fueron asociados inmediatamente a los cabezudos. Era obvio (o no), que unos cabezudos no pintaban gran cosa en una boda, por mucho que me habría gustado verlo, pero los niños tenían sus dudas, y Joana suspiró al no verlos.

_¿No hay kilikis?- preguntó.
_No, no hay kilikis- respondió Mònica.
_Bien- dijo sonriendo.

Una curiosa hilera de zampazar comenzó a despojarse de sus vestiduras mientras Joana y Asier los contemplaban curiosos. Los gigantes comenzaron a hacer lo mismo, no sin antes ser investigados profundamente, metiéndose bajo sus faldas (acto que espero no se convierta en costumbre).


Volvimos a comer y fue imposible (¡Ja!, como si lo hubiéramos intentado...) mantener a los niños quietos. El dúo dinámico se acercó a un árbol, y se quedó charlando y buscando hormigas.


Enseguida se les unió Aimar, cansado ya de mochilas y comidas y, juntos, treparon a los árboles, arrasaron la flora local e incluso uno de ellos dio un paseo, cabalgando en una bonita montura.



Llegaba el momento de la visita a la casa de los piratas y, muy formales por lo que pudiera pasar, los niños dieron la mano a la protectora más cercana. La verja estaba cerrada, por triplicado; decepción. De pronto, sin saber de dónde, aparecieron las pistas para encontrar un tesoro que el pirata garrapata había dejado escondido cerca de allí. En cuanto lo encontraron, dieron buena cuenta de la tableta de chocolate.


Nos acercamos a la ermita. La puerta estaba abierta y pasamos. Los exvotos, en forma de barcos de pesca, seguían allí, donde siempre, y recordamos otras excursiones con el mismo final pero hace muchos años, cuando fuimos desde Donosti a Fuenterrabia por el cordal de Jaizkibel (mucho antes de conocer la existencia de la ruta de la costa). Contemplamos la bahía de Txingudi y comprobamos cómo, a simple vista, no se ven las líneas que separan los países en el mapa.

Volvimos, amenazaba lluvia, e hicimos el regreso rápidamente (la cuesta abajo también ayudó un poco).

La despedida fue corta; un sencillo recordatorio del camino de vuelta y un hasta pronto, que habrá que cumplir en breve.

Como reflexión final, un interesante comentario de Liège durante la comida. Cómo una gente que tiene contacto por internet, queda para conocerse y se van a recoger castañas. Hay algo ancestral en ese hecho, algo que nos une con nuestro pasado o quizás, sencillamente, es que nos encanta ir al monte.

5 comentarios:

mòmo dijo...

¿Cuándo repetimos?

Sergio dijo...

Pensaremos nuevas rutas.
¡La aventura nos espera!

eresfea dijo...

¡Joé!, ¡cuántas aventuras! Os puedo guiar por cuevas misteriosas en la próxima. (Linternas imprescindibles).

Sergio dijo...

Linternas tenemos, con que las cuevas no sean demasiado bajas... (ya tiene lo suyo cargar con Aimar, como para además andar agachado).

Cuenta, cuenta, la idea se presenta muy interesante. ¿Podría haber piratas?

Ander Izagirre dijo...

Y de paso volvéis todos a la infancia, que no está nada mal.