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martes, 26 de agosto de 2008

Estampas de Valdeón (Horacio).

Desempolvamos los senderos de los Picos de Europa. Caminamos por el recóndito Valle de Valdeón, Atxerito, Sakatxepas, Trontxazarzas y Amamira (algún día explicaré los apodos). El cielo está claro, es día de descanso y buscamos un riachuelo para comer.

Llegados a Soto de Valdeón, adelantamos a un anciano con un par de muletas. Cruzando a su altura me fijo en él y veo mil historias que me gustaría conocer. Como siempre, no sé como empezar la charla , así que le saludamos y continuamos nuestro camino.

Sin embargo, poco más adelante, encuentro mi excusa. Un balancín infantil, en un parque semiabandonado, es mi coartada, así que dejo que Atxerito dé rienda suelta a su energía y me quedo esperando.

Al cabo de un rato, por el rabillo del ojo, noto que el anciano se acerca, me giro y le vuelvo a saludar. Un "Buenos días", bien pronunciado; un cruce de miradas, mantenido; para el buen entendedor eso significa "me gustaría charlar con usted". Sakatxepas, desde la mochila a mi espalda, también ayuda con un "Hola" musical, recién aprendido.

Funciona.

Se llama Horacio, aunque esto no lo supe hasta el final. Vive todo el año en Barcelona y vuelve al pueblo un mes al año. Le dejo hablar, al fin y al cabo, qué puedo aportar yo a un hombre que ya había vivido toda una vida antes de que yo fuera siquiera un proyecto. Sin embargo, busca mi opinión, charlamos, dialogamos, nada más lejos del monólogo de un anciano achacoso y quejica.

Cuenta que en Barcelona, camina hasta un parque que hay debajo de la casa de su hijo, donde vive, y se sienta a esperar... nada, sin embargo aquí, el campo es grande y la mirada llega hasta lo lejos.

Le brillan los ojos (de verdad, no como en el tópico) cuando habla de cuando las campanas tocaban a rebato, y todos los mayores de catorce tenían que acudir a la plaza para la caza del lobo. Se asignaban puestos en el monte donde tenían que hacer todo el ruido posible y espantarlo hacia unas trampas en las que caía al huir. Recuerda cuando, recién cumplida la edad, le tocó el puesto más alejado y solitario; muerto de miedo, se desgañitó para espantar a la fiera y que no pasase a su lado.
Nos habla del último oso del valle. Lo cazó el alcalde cuando un día encontraron a su yegua favorita muerta, con el cráneo destrozado. Yacía en un suelo dibujado con signos de lucha. El animal había protegido a su potrilla recién nacida, colocándola entre la peña y ella, mientras se enfrentaba a su agresor. La cría consiguió escapar, pero la madre cayó de un preciso zarpazo sin llegar a saber que su descendencia estaba a salvo.
Se le quiebra ligeramente la voz cuando recuerda lo que fue y ya no es, amigos que ya no están, campos convertidos en zarzales, molinos abandonados que sucumben al paso del tiempo...
Durante un breve instante, parece dudar, pero continúa. Habla de la época de Franco y baja la voz, quizás esté hablando más para sí mismo que para nosotros. Habla de nueve años perdidos, de juventud, de Africa,... el tema me es familiar y evito preguntar.
De pronto, parece recapacitar y me cuenta algún achaque de sus rodillas. Sonríe, pícaro, cuando me dice que le extraña caminar más despacio que antes pues, al fin y al cabo, ahora tiene cuatro piernas y antes sólo dos. Reímos con una risa cómplice y liberadora.

Atxerito empieza a cansarse, noto que él lo vé y comenta, atento, que tiene que irse a casa a comer.

Le pregunto su nombre, así permanecerá en mi memoria y no se convertirá en un recuerdo difuso, le digo el mío y nos damos la mano. Es un apretón fuerte, largo, sincero. Reminiscencia de cuando darse la mano no era meramente un gesto. Así lo siento y se lo agradezco.

_Muchas gracias, hasta el año que viene. Espero verle por aquí - le digo, manteniendo la mano.
_Si Dios quiere - replica. Cuando uno se acerca a la cima, se ven las cosas así. Bueno, yo tengo 84, mi hermano que vive en Posada tiene 96, así que.... y vuelve a sonreír. Sólo nos vemos un par de veces en todo el verano, el camino se hace largo.

(Posada y Soto sólo distan uno o dos kilómetros)

Aclaración:

Esta entrada no la ilustra ninguna imagen por un sencillo motivo. Podía haber puesto un bastón, un paisaje, cualquier cosa, pero lo único que merecería aparecer como encabezamiento sería una fotografía de Horacio que le hiciera honor.
Sé que en el estudio fotográfico podía haberlo hecho, o en su propia casa, rodeado de recuerdos pero, en aquel momento, una instantánea hecha de cualquier manera, mostrando a un hombre con dos muletas, aparentemente vencido, cansado ,.... No, definitivamente él no se merecía eso. Se merece que le guarde en la memoria con la fuerza que transmitía, con las historias que nos regaló, con la vida de otra época que sólo acertamos a atisbar. Se merece que vosotros os creéis vuestra propia imagen de él, la que crean las palabras, fuera de apariencias externas que, al fin y al cabo, no son mas que fruto de los años vividos.

Quizás el año que viene, me lo vuelva a encontrar, esta vez con mi cámara de fotos, con el carrete de blanco y negro, y me atreva a pedirle que pose para mí.

Pero quizás el año que viene, no me atreva, quizás el año que viene ya no esté...

Horacio; un lobo; una yegua; un oso; una vida.

6 comentarios:

lapike dijo...

sencillamente; entrañable. Besos.

eresfea dijo...

Aquí hay una reparación de lo que se escapa con la palabra hablada... Esto es Escribir.

Sergio dijo...

Me alegra que te haya gustado, Lapike.

Quita, quita, que no, si al final me lo voy a creer y todo (escribo mientras me ruborizo).

Gracias maestro, muchas gracias.

Ander Izagirre dijo...

Bravo, Sergio.

Sergio dijo...

Gracias, la siguiente ronda a mi cuenta; y enhorabuena por esas páginas centrales y pico del DV de hoy.

Ostón dijo...

¡Menuda cumbre que has conquistado en los Picos Sergio! Eres un previlegiado ya que la montaña ha hablado contigo. Valdeón tiene tantísimo que contar y son tan pocos los que saben prestarle sus oídos...