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martes, 5 de agosto de 2008

Amadeus.

Una ciudad cualquiera, 1975.

Un niño de unos siete años, de la mano de su hermano mayor, contempla boquiabierto el cartel que anuncia la llegada del "GRAN CIRCO COSMICO".
Hay dibujos del valiente domador, "Bruno", con sus fieras; los ágiles "Arañis", acróbatas de la cuerda floja; el misterioso mago de oriente, "Fú-manchú", con su bonita ayudante; los graciosos payasos, "Hermanos Coretti"; "Gastón", el forzudo; y, en una esquina, "Amadeus", el músico virtuoso.
Tras una dura campaña, plagada de promesas de buen comportamiento y mejora en las notas, la madre le acompaña a la sesión infantil de las cinco de la tarde.
El circo ha vivido épocas mejores, pero a los ojos del niño el espectáculo es, verdaderamente, el más grande del mundo.
Las fieras de "Bruno" rugen lo que pueden, aunque más lo hacen sus tripas; los "arañis" trepan a las cuerdas y se balancean en el vacío, aprovechándose de la altura para ocultar los parches en sus trajes de lentejuelas; "Fu-manchú", el mago de oriente, realmente es gallego, y su ayudante está bastante más entradita en carnes que lo que el cartel mostraba; los payasos, estrellas de la sesión vespertina, continúan teniéndo éxito con sus tropiezos y caídas, aunque alguna de ellas no sea voluntaria y el maquillaje oculte el obvio alcoholismo; las pesas de "Gastón", rebotan en el suelo, cada vez que las deja caer... y llega el turno de "Amadeus".
El jefe de pista lo anuncia como un antiguo niño prodigio que estudió en los mejores conservatorios de Austria y Suiza, que dio conciertos en los más lujosos palacios de europa para reyes y príncipes, y que ahora deleita a todo el mundo con su arte.
"Amadeus" sale a la arena con unas copas de cristal de diferentes tamaños, llenas parcialmente de agua. Su elegante levita negra y sus ademanes contrastan con el estridente colorido del escenario. Poco a poco se hace el silencio, moja las puntas de los dedos y lentamente va rozando los bordes de las copas haciendo salir de ellas, las más conocidas melodías de Mozart.
Los niños y adultos permanecen en silencio durante todo el repertorio, que se extiende durante más de diez minutos. Al finalizar, un cerrado aplauso hace que "Amadeus" se incline dando las gracias mientras siente el calor del público en su corazón.

Aquel año, todos los niños quisieron ser "Amadeus".

PD Fue un buen verano para las tiendas de menaje.


PD2 Los músicos y artistas callejeros que, por estas fechas, pueblan San Sebastián, traen consigo infinidad de historias que nunca conoceremos.

(Continuará)

1 comentario:

eresfea dijo...

¡Que continúe, que continúe!