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miércoles, 2 de julio de 2008

La aleta.

Era el último día de la temporada de playas; el último como vigilante antes de volver a su trabajo habitual en su despacho de siempre.
Andrea se había apuntado de voluntaria como socorrista en la Cruz Roja. Ya llevaba varios años repitiendo, y podía decirse que se había convertido en un hábito. Le gustaba aprovechar sus vacaciones haciendo algo útil para la comunidad; al menos eso es lo que comentaba cuando le preguntaban, aunque lo que quería era esquivar durante unos días su soledad.
Año tras año, iba cambiando de compañeros, algunos aguantaban un par de temporadas, pero no más. El sueldo no compensaba el sacrificio y carecían de motivación. Solían ser jóvenes que querían sacar un dinero para pagarse los estudios o algún capricho, pero la dureza del trabajo les solía coger desprevenidos.
Las más de las veces, las actuaciones se limitaban a dar cremas por picaduras de medusas y avisar a los imprudentes de las zonas de peligro; otras pocas había que sacar a la gente atrapada por la resaca, alguna R.C.P. (reanimación cardiopulmonar)... , pero todos temían su primer muerto. Algún año había más de uno. A ella ya le habían tocado tres, pero no lo comentaba.
Con todo, lo peor era la espera, los infinitos ratos muertos sin nada que hacer pero sin posibilidad de distraer la atención.

Aquel último día estaba con Aitor, su compañero de ese año, en la torre; llovía, y en la mar se reflejaba la inminente tormenta. Él se entretenía leyendo una revista y oyendo la radio.

Andrea cogió los prismáticos y revisó la orilla y la zona cercana a la costa, por si algún surfista se hubiera metido en el agua.

Nadie.

En lugar de dejar los gemelos en su sitio, dirigió su mirada a alta mar. Entonces la vio.

Una aleta.

Al principio pensó en un tiburón. De vez en cuando los marrajos se acercaban a la costa, cuando se avecinaba un temporal o cuando seguían a algún pesquero que tiraba los deshechos antes de entrar en puerto.
Pero, de pronto, la aleta se sumergió y, al rato, un delfín salió del agua dando una impresionante voltereta.
Durante cinco minutos, el delfín no paró de brincar. A veces esperaba que se acercara una ola y subía a su cresta para saltar más alto, otras veces jugaba a mantenerse erguido sobre su cola.
Andrea no podía apartar la mirada.
Tras una última pirueta imposible, el delfín se hundió, pero, al rato, asomó la cabeza y miró hacia la costa; miró hacia Andrea.
Ella sintió un vuelco en el corazón; le miraba a los ojos; se miraban a los ojos.

De pronto oyó una voz a su espalda.

¿Has visto algo?- le dijo Aitor.

No, no, nada, nada - acertó a balbucear, mientras apartaba la vista por un instante y se volvía hacia su compañero.

Cuando volvió a mirar por los prismáticos, el delfín ya no estaba allí.

Quizás lo habré soñado-pensó, pero no dijo nada.

El año siguiente volvió a apuntarse de voluntaria; nunca volvió a ver al delfín; fue su último año como socorrista.


PD Desde que ha comenzado la temporada oficial de playas, vigilan, desde su atalaya, los chicos de la Cruz Roja.

4 comentarios:

eresfea dijo...

¡Pakito!, ¡Pakito1, ¡Pakito!...

Sergio dijo...

¡Ay, nuestro pakito...!

leitzaran dijo...

Conozco alguna Andrea que, alfinal, se queda sin su Pakito ni su Aitor (y a algún Aitor desposeído también). Pobres.

Sergio dijo...

¡ Que vivan las Andreas, los Aitores y los Pakitos, de este mundo !