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miércoles, 20 de agosto de 2008

Indignación koxkera y reconciliación.

Paseo dominical. Julio 2008.

Voy solo por el muelle, el puerto de Donosti, (para los lugareños "el muelle"), y me cruzo con multitud de turistas.

Llueve.

Van cubiertos por esos plásticos de colores que venden en "los chinos" por un euro y hacen las veces de chubasqueros. Pienso en la gran labor de las guías extranjeras (tipo Guía del Trotamundos), sobre San Sebastián, que le otorgan un suave clima atlántico, con escasas lluvias en verano. Ingenuos, algún día las actualizarán y se acabará el chollo, pero mientras tanto, por lo menos alguien hace el agosto.

Como decía, voy caminando por la zona más koxkera (típica de la parte vieja y el muelle, de la ciudad) de Donostia y un cartel de colores irisados me llama la atención.


¿Paella?, ¿Aquí?, ¿A más de ochocientos kilómetros de Valencia? En fin, pienso que el distraído viajero japonés, después de recorrer veintemil kilómetros, puede caer en la trampa, pero al turista cercano ha de llamarle la atención semejante oferta. Bueno, será un caso aislado, fruto de la picardía, pero en el siguiente restaurante, el cartel se sustituye por una imagen; pero no cualquier imagen sino una auténtica "muestra en vivo", acompañada, por si las dudas, con su etiqueta.


Bueno, ahora que lo pienso, estando por Santander también vi ofertas gastronómicas parecidas, aunque la diferencia entre ambas culturas a nivel culinario es abismal pero .... será la globalización.
La protección acristalada se me presenta interesante. Supongo que no será para evitar humos o salivazos de la gente que se acerque a mirarla. Por un lado, el producto, no tiene el aspecto necesario para producir salivación por apetencia y por otro, no creo que tengan la vergüenza de ofrecer esa misma paella para el consumo humano. Además, el recubrimiento no es lo suficientemente estanco como para evitar el robo de langostinos, la mano cabe por debajo, en caso de que alguien se atreviera a hacerlo.

Sigo caminando y fijándome en lo cambiado que está todo llegado el verano. A la altura de la iglesia, me paro en el cartel de la marisquería para deleitarme con su oferta.


¿Qué?, ¿Caracolillos?, ¿Quien se ha atrevido a cambiarle el nombre a mis karrakelas? Sí, sí, en el resto del planeta, al menos en el resto del planeta que tiene estómago para comer caracoles de mar, se llaman así, bueno, también bígaros, pero aquí siempre han sido karrakelas.
Así se lo digo a mis amigos de fuera cuando vienen, así lo pido cuando me apetece comer un puñadito y así se lo transmito a mis hijos, esperando que mantengan la tradición. Karrakelas, mis adoradas karrakelas, mis deliciosas Littorina Littorea, en cucurucho de papel y sacadas de su concha con un alfiler.


Comer karrakelas, ser de una sociedad gastronómica (o conocer a alguien que lo sea y aprovecharse), salir en la tamborrada, tres pilares en los que se sostiene la sociedad donostiarra que, por lo que veo, poco a poco ve tambalearse uno de ellos.

Horrorizado, pienso en el futuro de mis hijos; comerán caracolillos, en lugar de karrakelas; harán trekking, en lugar de ir al monte; el 20 de enero será laborable y verán la tamborrada de Azpeitia en la tele y, de pronto, me reconcilio con el mundo.


Martín* ha montado el puesto, el último de una antigua hilera que llenaba el paseo del muelle; mucho antes de caracolillos y marisquerías "El puerto"; el puesto que junto a Manoli*, su mujer, le aporta un mínimo complemento a su exigua pensión de marinero. El único que queda y que, dada su posición privilegiada al comienzo del paseo, consigue vender algo (sus precios no pueden competir con "El puerto").

Una familia se ha parado y mira la oferta, karrakelas y kiskillas.
_¿Qué valen los caracolillos?- pregunta el cabeza de familia.
_Las KARRAKELAS, XXX euros*, dos vasitos.

La familia compra, feliz por lo pintoresco, cuatro cucuruchos y continúa su paseo. Se dirigen peligrosamente hacia la marisquería; si se les ocurre entrar a preguntar el precio del kilo se les amargará el día.

PD En la foto se ven los cucuruchos de papel donde se llevan las karrakelas. La medida se toma con un antiguo vaso de txikito (parecido al de los whisquis de las películas del Oeste), donde caben seis o siete karrakelas. Si te toca una gorda la primera, quizás sólo quepan cinco. Dos vasitos por cucurucho.

*Se ha intentado preservar los nombres y los precios en el anonimato. Si queréis saber más, pasad y preguntad, así quizás compréis algo.

12 comentarios:

Ander Izagirre dijo...

¡Bravo! Qué ridículo y qué malo suena caracolillo: no apetece nada comérselo. Pero una karrakela ya es otra cosa. ¡Karrakela, karrakela!

(Otro apunte sobre el tema: ¿qué te parecen las palmeras que plantaron en la Zurriola, como si esto fuera Benidorm?).

Sergio dijo...

Acepto las palmeras de Alderdi-Eder y Oquendo por asociarlas a mi infancia y estar allí "de toda la vida" (al menos de la mía). A partir de ahí, prefiero las de chocolate aunque no le hago ascos a las de azúcar.

IMANOL dijo...

Gracias a la globalización se comen buenas paellas. No sé de nadie que haya comido una decente en Valencia. Las karrakelas (littorina littorea. Se nota el club científico)no necesitan globalización, y menos mal, cada vez es mas difícil verlas de tamaño decente en tximistarri. Las palmeras, como los tamarindos... es Doñosti, si no tendríamos robles y acebos.

Ander Izagirre dijo...

O unos buenos pinos insignis...

IMANOL dijo...

Bueno... esos son de la globalización papelera.

mòmo dijo...

¡Verás cuando le cuente a Joana lo de las karrakelas! ¿Estará Martín por ahí en septiembre?

eresfea dijo...

¡Brillante! Crónica, quiero decir, y no la marca de arroz...

Caravinagre dijo...

¡Qué placer de paseo por "el muelle" nos has dado! Una crónica excelente. ¡Qué duro es preservar las palabras en tiempos de macdonalización, ya es difícil hasta guardar las costumbres!

Yo recuerdo comer kixkillas en el muelle de pequeño también en cucurucho, mis primos se las comían como pipas de girasol... Yo en cambio nunca aprendí a comerlas. Las comprábamos en la primera pescadería que hay en el puerto; en frente, casi siempre estaba amarrado el pesquero "Kizkitzako Ama" que yo pensaba que era "La madre de las Kiskillas".

Saludos.

Sergio dijo...

Imanol, casi de acuerdo con la globalización ... cuando coma un buen marmitako en Valencia (por devolver la pelota).

Ander, nada, que no, puestos a pináceas, me quedo con los abetos navideños, con un buen par de bolas...

Momo, los dos primeros fines de semana de septiembre se celebran las regatas de La Concha. Estará seguro. Cuidado con los alfileres, Joana. Ahora que caigo, curiosa costumbre fakiresca llevarse alfileres a la boca...

Josean, quizás hayas dado en el clavo con la marca de arroz porque la paella de la foto sigue allí días y días y días ... ¡Brillante, el arroz que se momifica!

caravinagre, mi hermana era de esas,tí-tá y ya está; mis hermanos y yo eramos de karrakelas, con hábil giro de muñeca para sacarla entera.

lapike dijo...

mmm....que bueno todo, hace un hambre a estas horas....karrakelillas,paella, kiskillas, marmitaco.....

Sergio dijo...

Que aproveche lapike.

Anónimo dijo...

A partir de ahora podemos mostrar Donostia a nuestras visitas sin abrir la boca y quedando de lujo ;-)

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Horiek ez daude euskaraz, oraingoz behintzat, baina Donostiari buruzko ikus-entzunezko euskarazko material asko dago hemen:
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Aquí hay grabaciones sobre San Sebastián, tanto en euskara como en español:
* http://dss2016.eu/eu/dss2016eu/ahotsak/rekording/mapa
* http://www.rekording.eu/