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jueves, 31 de julio de 2008

H2 O.

Vuelvo de unas largas vacaciones que nos han llevado por tierras astures, leonesas y riojanas.
Me he bañado en riachuelos frescos y alegres, con mis hijos; en aguas termales, a más de cuarenta grados, no en balnearios sino con lugareños que hacían pozas en el río; en surgencias heladas, de poco más de diez, sólo, aunque quizás observado por algún anfibio indiferente; y llego a Donosti.

La Mar me llama.

Es tarde pero no puedo evitarlo, llevo demasiado tiempo lejos de un horizonte liso de verdad, aunque La rioja se aproxime mucho. Revoluciono a la familia y, sin deshacer las maletas, vamos a darnos un chapuzón.
La temperatura, perfecta; la hora, la puesta de sol, la mejor a mi entender; la playa, La concha.

Alguien dijo que el agua es sólo H2 O.

Creo que ese individuo tenía que haber salido más de su laboratorio.

PD En la surgencia me mojé únicamente hasta las rodillas así que realmente no se puede catalogar como baño, pero lo dejaremos así.

martes, 8 de julio de 2008

De visitas y visitantes.


Soy curioso. Sí, lo soy. Lo reconozco.

Hace tiempo instalé en el blog lo que vulgarmente se llama "un contador de entradas".
Realmente, mi intención no era "contar entradas", ni saber cuántos leen el blog, a qué hora, con qué media anual, mensual, diaria,... ni toda esa vorágine de datos que dan los chismes esos.

Mi intención era conocer los países desde dónde se accedía al blog.

Mucho más interesante que saber que siete personas leyeron la entrada de ayer, cosa harto prosaica, me apetecía conocer desde qué lugar lo hicieron.

Aparte de la gente cercana, geográficamente hablando, veo amigos de Uruguay, Alemania, Reino Unido, República Dominicana, México, Chile, Estados Unidos, Nepal, Lituania, Italia, Malasia, Indonesia, India,...
Cuando veo esos países, releo la última entrada del blog e imagino lo que han podido pensar.
Reflexiono sobre si les interesarán las historias familiares, con Asier, Aimar,...; si mis viajes veraniegos parecerán extraños en la zona del planeta donde comienza el invierno; si las descripciones que hago de mi ciudad pueden hacer pensar que es una ciudad agradable para vivir o que es un antro de perdición; o si mis cuentos y "susedidos" les parecen raros o extraños por la diferencia cultural (algún día explicaré el porqué de los "susedidos").

Ciertos países se me hacen cercanos, quizás por el idioma, quizás por conocer gente que vive en ellos; otros, sin embargo, son un interrogante, pues desconozco quién puede querer leerme allí.

Vuelvo a repetir que me pica la curiosidad.

¿Quién conozco que vive o reside en Lituania, en la India, en Alemania,...?, ¿Fueron compañeros míos en el colegio, en la universidad, en alguna sociedad donde participo?

Como ayer dije, en breve partiremos a trepar riscos, coger flores y robar cerezas, así que esta entrada quedará fija durante un tiempo.
Si alguno se anima a despejar, aunque sea un poco, estas dudas, a la vuelta lo veré.

Entre tanto, me llevaré mi curiosidad conmigo, reconozco que es sentimiento muy agradable.

En cierto modo, resolver los misterios les priva de su magia.

lunes, 7 de julio de 2008

La edad del recuerdo.

En breve dirigiremos nuestros pasos hacia los Picos de Europa. Unos días por Arriondas y otros por el recóndito valle de Valdeón.

Somos, lo que podría decirse, asiduos de la zona. En su día la recorrimos a pie, con mochila y tienda de campaña o refugio; más adelante seguimos llevando la mochila, aunque esta vez la cargamos con Asier en lugar de la tienda, y cambiamos el refugio por el Hostal; últimamente, Aimar ocupó el lugar de Asier en la mochila y éste empezó a dejar su huella en el camino.
Este año, Aimar también comenzará a dejar su huella, aunque seguiremos llevando la mochila, y Asier la dejará de nuevo , muy posiblemente, también en las mariposas, el río, los peces, las abejas, las flores, las cerezas y todo lo que encuentre a su paso y se deje (las abejas creo que no).

Días de excursiones, tardes de paseos, noches de telescopio;
coger cerezas del árbol, tirar piedras, perseguir mariposas;
arañazos con las zarzas, balonazos en la plaza, chichones jugando a perseguirse.


Aimar y Asier.
Dos y cuatro años.
El primero quizás no, el segundo seguro que sí.

La edad del recuerdo.

PD: La edad del recuerdo es la edad a la cual comenzamos a recordar cosas.
Cuando de mayores rememoramos la infancia, suele ser alrededor de los tres años, la época más temprana que recordamos. Coincide aproximadamente con el comienzo del habla; por eso lo de Aimar, que ya empieza a querer expresarse, y lo de Asier, que ya no calla.

sábado, 5 de julio de 2008

La X marca el lugar.

Varios son los motivos por los que, en un momento u otro de vuestra existencia, podáis querer haceros un tatuaje. Me refiero al actualmente típico tatuaje con el nombre de la pareja, un animalito, un símbolo celta o similar.
No hablo del tatuaje marinero tipo "AMOR DE MADRE", o un ancla enorme (enoooooorme). Para estos últimos no hay duda, se tienen que hacer y se hacen. Si hay que demostrar lo duros que somos y acrecentar nuestro fiero aspecto, tan importante en las habituales peleas portuarias o carcelarias, nada mejor que uno de los antes mencionados para hacerlo. Así pues, si estáis a punto de embarcar o entrar en prisión, no lo dudéis.

Pero los primeros, esos de apariencia inocente, pueden ser marcas que nos amarguen el futuro.


Los motivos pueden ser los siguientes:

_Imposibilidad de donar sangre durante un año.
Es la parte romántica, la otra, la transmisión de otro tipo de enfermedades, la dejamos en paz si lo hicierais en un sitio con todas las garantías sanitarias.
¿Habéis visto las cortinas que separan la sala de espera de la de tatuajes? ¿Son de un dudoso color verde-quirófano? Pues eso, que parezcan robadas de un hospital, no hace la sala estéril.

_Simbología.
Quién os dice que dentro de un año o dos (o los que sean, no olvidéis que es para toda la vida), aparezca una secta neo-nazi, satánica o adoradora del pantalón campana, cuyo símbolo diferencial sea ese delfín que elegisteis o esa bonita cruz celta tan chula.
Si queréis volver a la playa sin que la gente diga : "Mira ese, es uno de esos adoradores satánicos de hamburguesas. Sí, sí, dicen que se las comen poco hechas", tenedlo en cuenta.

_Cambio de nombre de la pareja.
"¡No, imposible, siempre querré a María!", "¡Nada ni nadie hará que mis sentimientos cambien hacia ella!", "¡Aunque me abandone siempre la amaré!", argumentaréis.
Bien, vale, muy loable por vuestra parte, pero ¿y por la suya?
¿No habéis pensado en la posibilidad de que sea ella la que se cambie el nombre? Miren* , por ejemplo.
Dejemos la otra opción en la recámara, digamos sólo que también se lo podía cambiar por Mario (¿entendéis?)
*Miren : María, en euskera.

_La última posibilidad es la variación en la tensión de la piel.
¿Váis a la playa? ¿Véis a las señoras y caballeros de una cierta edad? Pues atentos a cómo puede acabar ese precioso unicornio de vuestra nalga con semejante descuelgue de piel. (Ver National Geographic, número especial de otoño 2004, "El rinoceronte en su hábitat".)

Eso es todo, vosotros veréis lo que hacéis, pero recordad, si al final os decidís, por lo menos acudid sobrios a la cita, no sea que al final elijáis uno de esos que aparecen en la página seis del catálogo (ejem, me han dicho).

PD : Se me olvidaba, ojo si sois marineros y os tatuáis el típico mapa del tesoro en el cuero cabelludo para que luego vuestra melena lo tape y mantenerlo escondido. Si yo lo hubiera hecho, en este momento ya se me vería hasta la equis.

Recordad, la equis siempre marca el lugar.

viernes, 4 de julio de 2008

Paradojas.

Prohibido prohibir, no digas no, el fotón es onda y partícula a la vez,...


A dos metros, en la misma valla, alguien eliminó la paradoja,


PD Imágenes obtenidas en la calle Fuenterrabía, Donostia.

miércoles, 2 de julio de 2008

La aleta.

Era el último día de la temporada de playas; el último como vigilante antes de volver a su trabajo habitual en su despacho de siempre.
Andrea se había apuntado de voluntaria como socorrista en la Cruz Roja. Ya llevaba varios años repitiendo, y podía decirse que se había convertido en un hábito. Le gustaba aprovechar sus vacaciones haciendo algo útil para la comunidad; al menos eso es lo que comentaba cuando le preguntaban, aunque lo que quería era esquivar durante unos días su soledad.
Año tras año, iba cambiando de compañeros, algunos aguantaban un par de temporadas, pero no más. El sueldo no compensaba el sacrificio y carecían de motivación. Solían ser jóvenes que querían sacar un dinero para pagarse los estudios o algún capricho, pero la dureza del trabajo les solía coger desprevenidos.
Las más de las veces, las actuaciones se limitaban a dar cremas por picaduras de medusas y avisar a los imprudentes de las zonas de peligro; otras pocas había que sacar a la gente atrapada por la resaca, alguna R.C.P. (reanimación cardiopulmonar)... , pero todos temían su primer muerto. Algún año había más de uno. A ella ya le habían tocado tres, pero no lo comentaba.
Con todo, lo peor era la espera, los infinitos ratos muertos sin nada que hacer pero sin posibilidad de distraer la atención.

Aquel último día estaba con Aitor, su compañero de ese año, en la torre; llovía, y en la mar se reflejaba la inminente tormenta. Él se entretenía leyendo una revista y oyendo la radio.

Andrea cogió los prismáticos y revisó la orilla y la zona cercana a la costa, por si algún surfista se hubiera metido en el agua.

Nadie.

En lugar de dejar los gemelos en su sitio, dirigió su mirada a alta mar. Entonces la vio.

Una aleta.

Al principio pensó en un tiburón. De vez en cuando los marrajos se acercaban a la costa, cuando se avecinaba un temporal o cuando seguían a algún pesquero que tiraba los deshechos antes de entrar en puerto.
Pero, de pronto, la aleta se sumergió y, al rato, un delfín salió del agua dando una impresionante voltereta.
Durante cinco minutos, el delfín no paró de brincar. A veces esperaba que se acercara una ola y subía a su cresta para saltar más alto, otras veces jugaba a mantenerse erguido sobre su cola.
Andrea no podía apartar la mirada.
Tras una última pirueta imposible, el delfín se hundió, pero, al rato, asomó la cabeza y miró hacia la costa; miró hacia Andrea.
Ella sintió un vuelco en el corazón; le miraba a los ojos; se miraban a los ojos.

De pronto oyó una voz a su espalda.

¿Has visto algo?- le dijo Aitor.

No, no, nada, nada - acertó a balbucear, mientras apartaba la vista por un instante y se volvía hacia su compañero.

Cuando volvió a mirar por los prismáticos, el delfín ya no estaba allí.

Quizás lo habré soñado-pensó, pero no dijo nada.

El año siguiente volvió a apuntarse de voluntaria; nunca volvió a ver al delfín; fue su último año como socorrista.


PD Desde que ha comenzado la temporada oficial de playas, vigilan, desde su atalaya, los chicos de la Cruz Roja.