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viernes, 19 de septiembre de 2014

jueves, 18 de septiembre de 2014

Apurando las horas.

En el momento de escribir estas líneas quedarán doce horas para que acabe el día; mi último día con cuarenta y cinco años. Por la tarde, y a falta de una lista de asuntos pendientes, echaré un vistazo a las fotos de este último año para recordar las cosas que he hecho, y que atesoro. Por la noche me iré de cena con los amigos, y terminaré el día con un beso a los niños y a Nieves.

PD: Gran día, hoy.
PD2: Gran día, mañana.

sábado, 6 de septiembre de 2014

48 horas.

Dentro de 48 horas, de dos días, de un ti-tá, si volviera a sacar esta foto a los muchachos, estarían en la cama y yo, contándoles un cuento.


Ayer, viernes, apuramos las postreras luces de la tarde en la playa. Nos dimos el último chapuzón cuando el sol rozaba el monte Igueldo, y salimos del agua cuando ya no lo veíamos. Ya de vuelta, lo volvimos a saludar, pero se había transformado en una gigantesca bola roja que la gente contemplaba hipnotizada desde el muelle.

PD: Y haciéndole las fotos que yo no hice.

martes, 2 de septiembre de 2014

Calendario septiembre.

El mes de mi cumpleaños.


Pd: ¡Que comiencen los fastos!

domingo, 24 de agosto de 2014

Sonidos en la noche.

Nieves y los niños dormían plácidamente. Yo me iba despertando de vez en cuando y miraba el termómetro. La temperatura descendía paulatinamente y, a las tres de la madrugada, marcaba 10ºC. Los sacos de los niños son buenos y están preparados para esas temperaturas (y menos). Además, los chavales dormían con calzoncillos largos, camiseta térmica y el buff como gorro, así que no había problema. Aun así, les toqué la nariz; caliente. Me asomé por la puerta de la tienda y la condensación era increíble; las gotas cubrían la lona por dentro y por fuera. La noche no era cerrada y la claridad permitía ver los perfiles y las sombras. Las nubes altas no dejaban ver más allá de una o dos estrellas así que, este año, otra vez nada de lluvia de estrellas.



Volví a mi saco caliente y, al cerrar la cremallera, creí oir algo afuera. Agucé el oído porque no me lo creía. No era el viento, no eran las ramas, no eran animales (bueno... no exactamente) era ¡Su ta gar! En alguna borda habían puesto la música a tope. La más cercana está como a media hora pero en el monte se oye todo a mucha distancia. Me dormí pensando en las pobres ovejas y en el sabor de la cuajada con heavy.

Por la mañana, el termómetro marcaba 8ºC dentro de la tienda, me abrigué y salí a preparar el desayuno. El cielo estaba azul y los primeros rayos de sol calentaban las cumbres. No tardaría mucho en hacerlo con nosotros. La mañana era espléndida.


A los muchachos hubo que despegarlos de los sacos pero recogimos todo y nos pusimos en marcha; ya pensábamos en la romería.

Nos encontramos con un ciclista que pedaleaba hacia nosotros pero a nadie más y supusimos que estaban todos en Igaratza. Sin embargo, cuando tuvimos a la vista los refugios nos temimos lo peor. Efectivamente, la fiesta había sido la semana anterior. Nos repusimos del error con un poco de chocolate y caminamos hasta el coche calentados por un sol delicioso. Cuando llegamos al parking lo encontramos lleno. Pero no eran montañeros, sino domingueros. Todos las campas aledañas al Guardetxe estaban repletas de mesas y la gente se afanaba en preparar paellas y chuletas en hogueras improvisadas. En el sitio reservado del día anterior se encontraba aparcado un camión con cañeros de cerveza. Raudos y veloces huimos de aquel sitio no sin antes contemplar como un caballo daba buena cuenta de las viandas desatendidas que unos ingenuos habían dejado sin protección mientras iban de paseo.

PD: Aunque reconozco que alguna parrillada no olía nada mal.

sábado, 23 de agosto de 2014

El poder de la fibra.

Tras comer en la ermita fuimos a coger agua. No habíamos visto gente en todo el día y nos parecía muy extraño para un sábado, aunque hubiera llovido. Pensamos que estarían recogiendo setas. De pronto, una pareja apareció de la nada y se sentó a comer en una roca, junto a la fuente. Les saludamos pero no nos devolvieron el saludo y nos giramos para llenar las cantimploras. Cuando terminamos, nos volvimos, y ya no estaban. (Aquí un "tachaaaaan" de película de miedo).

Nos quedaba poco hasta nuestro lugar de acampada y retomamos la ruta.


La temperatura rondaba los quince grados y, por la hora que era, no subiría más. Decidimos montar la tienda en cuanto llegáramos y caminamos decididos contemplando el paisaje, las ovejas y la gran cantidad de caballos que pastaban por las campas. Y quien come mucha fibra...


En nuestro lugar para el vivac no hay mucho sitio para plantar la tienda y, justo en medio, un caballo había alzado una torre que ríase usted de la de Babel. En su "honor", fueron lanzados a los cuatro vientos, improperios en al menos cinco idiomas (alguno de ellos inventado).

Como expertos limpiadores, empleamos tres sistemas complementarios. En primer lugar, y para los trozos secos, optamos por el noble deporte del fútbol (menos noble con semejantes balones); para los más frescos, pero aún con forma, la técnica de los palillos chinos; y para la base empastada, unas rocas calizas hicieron los usos de palas. Precisamos, por fin, de una bolsa de plástico entre tienda y suelo pues los resultados no fueron del todo satisfactorios.

Para Aimar era la segunda vez que acampábamos y estaba algo nervioso. La niebla empezaba a cubrir los montes y decidimos cenar pronto y meternos en la tienda. Unas partiditas de cartas, unos cuentos y, antes de las diez, ya planchábamos oreja en los sacos.



PD: Aunque la noche no fue del todo tranquila.

viernes, 22 de agosto de 2014

Previsión: chubascos intermitentes.

El miércoles, trece de agosto, habíamos vuelto de nuestro vivac y ya estábamos pensando en el siguiente. Aimar preguntaba, y yo miraba las previsiones del tiempo para los próximos quince días. La mejor resultó ser para el domingo, con sol y buenas temperaturas. Sin embargo, para el sábado y el lunes pronosticaban lluvia, con chubascos intermitentes. Más adelante quién sabe, pero viendo como está siendo agosto no se podía esperar mucho más.

El agua no es algo que nos suponga un problema cuando se trata de ir al monte; lo más, un incordio. Botas con gore-tex, chubasqueros,... todo eso tiene que servir para algo. Si solo vas al monte cuando hace bueno, no te gastes tanto dinero. Sin embargo, una cosa es ir a caminar con posibilidad de volver mojado, y otra ir a acampar y pasar la noche tiritando; y con niños. Las temperaturas previstas para Baraibar, el pueblo más cercano, bajaban hasta los 10ºC. Eso significaba más ropa de abrigo y, por ende, más peso en las mochilas.


Así las cosas, las opciones eran ir el sábado, con posibilidad de lluvia cada vez menor según avanzara la jornada y buen tiempo de vuelta, o ir el domingo, con temperaturas altas pero lluvia por la noche y el lunes de mañana. Optamos por la primera, pensando, además, que coincidiríamos con la romería a Igaratza; la txistorra frita también ayudó a decantar la balanza.

El sábado, pasadas las once, estábamos en Guardetexe. Una pequeña zona vallada en el parking reservaba unas plazas, tal vez para la fiesta del día siguiente. Habíamos salido de Donosti con lluvia, pero parecía haber amainado. Ya estábamos a punto de ponernos a caminar cuando medio cielo empezó a descargar sobre nosotros. Iba a sacar los cubremochilas, cuando caí en la cuenta de un problema: las colchonetas no nos dejaban ponerlos. Chorreante, no podía pensar con claridad y nos metimos en el coche; mi mente funciona bien bajo presión pero mal bajo el agua. Tras aplicar el método científico (prueba y error), encontramos una solución aceptable.



A eso de las doce ya estábamos en marcha. No llevábamos ni diez minutos andando cuando paró de llover... y salió el sol. Calentaba con ganas, así que nos detuvimos y nos quitamos chubasquero, pantalones de agua y forros. Retomamos el camino y, al cabo de quince minutos, volvió a jarrear. "Parará pronto", pensé. Como en una visión, nos vi a los cuatro en un futuro cercano calados hasta los huesos por no haber hecho lo correcto, así que nos enfundamos de nuevo todo el equipo. A la media hora, la lluvia cesó de nuevo y yo, en una decisión libre, personal y testaruda, me volví a despojar del impermeable. ¡Ya estaba bien, hombre! El resto de la expedición aceptó mi decisión, aunque no la compartió, y no volvimos a parar hasta Igaratza.

PD: Tampoco volvió a llover.