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domingo, 24 de agosto de 2014

Sonidos en la noche.

Nieves y los niños dormían plácidamente. Yo me iba despertando de vez en cuando y miraba el termómetro. La temperatura descendía paulatinamente y, a las tres de la madrugada, marcaba 10ºC. Los sacos de los niños son buenos y están preparados para esas temperaturas (y menos). Además, los chavales dormían con calzoncillos largos, camiseta térmica y el buff como gorro, así que no había problema. Aun así, les toqué la nariz; caliente. Me asomé por la puerta de la tienda y la condensación era increíble; las gotas cubrían la lona por dentro y por fuera. La noche no era cerrada y la claridad permitía ver los perfiles y las sombras. Las nubes altas no dejaban ver más allá de una o dos estrellas así que, este año, otra vez nada de lluvia de estrellas.



Volví a mi saco caliente y, al cerrar la cremallera, creí oir algo afuera. Agucé el oído porque no me lo creía. No era el viento, no eran las ramas, no eran animales (bueno... no exactamente) era ¡Su ta gar! En alguna borda habían puesto la música a tope. La más cercana está como a media hora pero en el monte se oye todo a mucha distancia. Me dormí pensando en las pobres ovejas y en el sabor de la cuajada con heavy.

Por la mañana, el termómetro marcaba 8ºC dentro de la tienda, me abrigué y salí a preparar el desayuno. El cielo estaba azul y los primeros rayos de sol calentaban las cumbres. No tardaría mucho en hacerlo con nosotros. La mañana era espléndida.


A los muchachos hubo que despegarlos de los sacos pero recogimos todo y nos pusimos en marcha; ya pensábamos en la romería.

Nos encontramos con un ciclista que pedaleaba hacia nosotros pero a nadie más y supusimos que estaban todos en Igaratza. Sin embargo, cuando tuvimos a la vista los refugios nos temimos lo peor. Efectivamente, la fiesta había sido la semana anterior. Nos repusimos del error con un poco de chocolate y caminamos hasta el coche calentados por un sol delicioso. Cuando llegamos al parking lo encontramos lleno. Pero no eran montañeros, sino domingueros. Todos las campas aledañas al Guardetxe estaban repletas de mesas y la gente se afanaba en preparar paellas y chuletas en hogueras improvisadas. En el sitio reservado del día anterior se encontraba aparcado un camión con cañeros de cerveza. Raudos y veloces huimos de aquel sitio no sin antes contemplar como un caballo daba buena cuenta de las viandas desatendidas que unos ingenuos habían dejado sin protección mientras iban de paseo.

PD: Aunque reconozco que alguna parrillada no olía nada mal.

sábado, 23 de agosto de 2014

El poder de la fibra.

Tras comer en la ermita fuimos a coger agua. No habíamos visto gente en todo el día y nos parecía muy extraño para un sábado, aunque hubiera llovido. Pensamos que estarían recogiendo setas. De pronto, una pareja apareció de la nada y se sentó a comer en una roca, junto a la fuente. Les saludamos pero no nos devolvieron el saludo y nos giramos para llenar las cantimploras. Cuando terminamos, nos volvimos, y ya no estaban. (Aquí un "tachaaaaan" de película de miedo).

Nos quedaba poco hasta nuestro lugar de acampada y retomamos la ruta.


La temperatura rondaba los quince grados y, por la hora que era, no subiría más. Decidimos montar la tienda en cuanto llegáramos y caminamos decididos contemplando el paisaje, las ovejas y la gran cantidad de caballos que pastaban por las campas. Y quien come mucha fibra...


En nuestro lugar para el vivac no hay mucho sitio para plantar la tienda y, justo en medio, un caballo había alzado una torre que ríase usted de la de Babel. En su "honor", fueron lanzados a los cuatro vientos, improperios en al menos cinco idiomas (alguno de ellos inventado).

Como expertos limpiadores, empleamos tres sistemas complementarios. En primer lugar, y para los trozos secos, optamos por el noble deporte del fútbol (menos noble con semejantes balones); para los más frescos, pero aún con forma, la técnica de los palillos chinos; y para la base empastada, unas rocas calizas hicieron los usos de palas. Precisamos, por fin, de una bolsa de plástico entre tienda y suelo pues los resultados no fueron del todo satisfactorios.

Para Aimar era la segunda vez que acampábamos y estaba algo nervioso. La niebla empezaba a cubrir los montes y decidimos cenar pronto y meternos en la tienda. Unas partiditas de cartas, unos cuentos y, antes de las diez, ya planchábamos oreja en los sacos.



PD: Aunque la noche no fue del todo tranquila.

viernes, 22 de agosto de 2014

Previsión: chubascos intermitentes.

El miércoles, trece de agosto, habíamos vuelto de nuestro vivac y ya estábamos pensando en el siguiente. Aimar preguntaba, y yo miraba las previsiones del tiempo para los próximos quince días. La mejor resultó ser para el domingo, con sol y buenas temperaturas. Sin embargo, para el sábado y el lunes pronosticaban lluvia, con chubascos intermitentes. Más adelante quién sabe, pero viendo como está siendo agosto no se podía esperar mucho más.

El agua no es algo que nos suponga un problema cuando se trata de ir al monte; lo más, un incordio. Botas con gore-tex, chubasqueros,... todo eso tiene que servir para algo. Si solo vas al monte cuando hace bueno, no te gastes tanto dinero. Sin embargo, una cosa es ir a caminar con posibilidad de volver mojado, y otra ir a acampar y pasar la noche tiritando; y con niños. Las temperaturas previstas para Baraibar, el pueblo más cercano, bajaban hasta los 10ºC. Eso significaba más ropa de abrigo y, por ende, más peso en las mochilas.


Así las cosas, las opciones eran ir el sábado, con posibilidad de lluvia cada vez menor según avanzara la jornada y buen tiempo de vuelta, o ir el domingo, con temperaturas altas pero lluvia por la noche y el lunes de mañana. Optamos por la primera, pensando, además, que coincidiríamos con la romería a Igaratza; la txistorra frita también ayudó a decantar la balanza.

El sábado, pasadas las once, estábamos en Guardetexe. Una pequeña zona vallada en el parking reservaba unas plazas, tal vez para la fiesta del día siguiente. Habíamos salido de Donosti con lluvia, pero parecía haber amainado. Ya estábamos a punto de ponernos a caminar cuando medio cielo empezó a descargar sobre nosotros. Iba a sacar los cubremochilas, cuando caí en la cuenta de un problema: las colchonetas no nos dejaban ponerlos. Chorreante, no podía pensar con claridad y nos metimos en el coche; mi mente funciona bien bajo presión pero mal bajo el agua. Tras aplicar el método científico (prueba y error), encontramos una solución aceptable.



A eso de las doce ya estábamos en marcha. No llevábamos ni diez minutos andando cuando paró de llover... y salió el sol. Calentaba con ganas, así que nos detuvimos y nos quitamos chubasquero, pantalones de agua y forros. Retomamos el camino y, al cabo de quince minutos, volvió a jarrear. "Parará pronto", pensé. Como en una visión, nos vi a los cuatro en un futuro cercano calados hasta los huesos por no haber hecho lo correcto, así que nos enfundamos de nuevo todo el equipo. A la media hora, la lluvia cesó de nuevo y yo, en una decisión libre, personal y testaruda, me volví a despojar del impermeable. ¡Ya estaba bien, hombre! El resto de la expedición aceptó mi decisión, aunque no la compartió, y no volvimos a parar hasta Igaratza.

PD: Tampoco volvió a llover.

jueves, 21 de agosto de 2014

Cantando bajo la lluvia.

Se acercaba el amanecer, y seguía lloviendo. Confiaba en que, a primera hora de la mañana, pararía, pero no fue así. Aprovechando un momento de calma, salí de la tienda para ver el panorama. Definitivamente, no despejaría pronto.


Calenté el desayuno y nos volvimos a meter para dar buena cuenta de él mientras volvía a caer otro chaparrón. Entretanto, recogimos las cosas, nos pusimos ropa de abrigo y el chubasquero, y esperamos. En cuanto cesó la lluvia, desmontamos la tienda, la sacudimos y la guardamos en la mochila. Al llegar a casa habría que ver dónde la secábamos, no se nos fuera a pudrir.



Y así, bien pertrechados, recorrimos el camino de vuelta, felices y contentos, mientras entonábamos conocidas cancioncillas.

PD: Con los pies secos todo se anda mejor.
PD2: Ya pensábamos en la siguiente acampada; los cuatro.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Bajo la tormenta.

A las dos menos diez empezó a llover; con ganas. Y con la lluvia vino el viento.

Uno de los motivos por los que buscamos este sitio para acampar es que, cuando lo encontramos, también hacía mal tiempo y comprobamos que tenía la orientación perfecta, con el oeste y el norte protegidos por una pared de piedras y unos arbustos. Aquella vez no le sacamos todo el partido que tenía; al menos no tanto como ésta.



La "posibilidad de lluvia" que había visto en las predicciones no tenía nada que ver con lo que teníamos encima. Dí gracias por haber tensado los vientos aunque, la verdad, no parecía haber hecho falta pues tampoco sentíamos tanto el vendaval. Pero sí que lo oíamos, y muy cerca. Al otro lado del muro el ulular del viento asustaba. Me incorporé y comprobé que la tela interior no tocara la exterior; no queríamos agua dentro. Siempre ponemos un doble suelo protector bajo la tienda, no pesa nada (minimalismo comodón) y ayuda a que permanezca limpia. También le da un doble aislamiento impermeable y, en esta ocasión, tal vez lo íbamos a necesitar.

Cuando hablo en plural realmente tenía que haberlo hecho en singular, Asier dormía como un tronco. Y yo, tras escuchar las noticias de la radio y comprobar que todo iba bien, opté por darme la vuelta y dormir, arrullado por el suave repiqueteo de la lluvia. Mientras cogía el sueño pensé por un instante en el día siguiente, cuando llegara el momento de recoger la tienda. Si seguía lloviendo iba a ser un fastidio. Apliqué la norma y lo dejé para otro momento: "Ya lo pensaré mañana".

PD: Señores de Marmot, muchas gracias por la calidad de sus productos.

martes, 19 de agosto de 2014

Señales del cielo.

Bajábamos del Ganbo por el collado de Lizaso. La senda no era muy clara aunque, gracias a los hitos, la seguimos sin problemas. El cielo empezaba a mostrar señales.


Tras una pequeña caminata, encontramos el cruce que nos llevaba a nuestro lugar de acampada. Ya era casi la hora de montar la tienda pero primero llamamos al campo base para tranquilizarles. El aire soplaba suave y templado aunque, llegada la hora, nos tuvimos que poner algo de abrigo.

Hacía tiempo que ya no se veía el sol, pero aún no se había puesto. Armamos la tienda, organizamos las cosas y nos preparamos la cena. Tomamos el postre contemplando el ocaso.


Las nubes presagiaban lluvia para dentro de unas cuatro horas; se acercaba un frente frío. Recogimos y nos metimos en la tienda a echar unas partiditas de cartas. A eso de las diez y media, nos embutimos en los sacos y contamos unos cuentos. Cogimos el sueño entre los cencerros de las ovejas y caballos que pastaban tranquilos a nuestro alrededor.

Y cuatro horas después...

PD: Qué importante es escoger bien el sitio de la tienda.

sábado, 16 de agosto de 2014

Cantos de sirena.

La mañana se presentaba perfecta para andar. La temperatura era agradable y las nubes se alternaban con el cielo azul.



En nuestro habitual avituallamiento en Pagomari, nos encontramos el chocolate incorrupto; tal vez fuera una señal, pero no supimos verla. Pronto llegamos a Igaratza y decidimos detenernos a comer. No queríamos vernos en la tesitura del año pasado, escasos de líquido, y comimos, bebimos y rellenamos las cantimploras hasta el borde. Sin embargo, la situación era más similar a la de hace dos, cuando las temperaturas suaves hicieron que nos sobrara mucha agua. Había que decidir, y elegimos pasearla, aunque no nos la bebiésemos. Pobres cuitados.

Continuamos caminando. El paso era alegre y, mientras nos adentrábamos en Aralar, yo iba definiendo la elección pendiente; y por pendiente no iba a ser, intentaríamos subir al Ganbo (14.130 dm.). Los motivos de la decisión fueron varios. En el dos mil doce, pasamos por el collado Lizaso y la niebla nos hizo renunciar, el año pasado fue la intrincada búsqueda del ammonite. Sí, tenía que ser Ganbo.

En mi ingenuidad llevaba la ruta en la cabeza como algo relativamente sencillo: llegar al collado Irazusta y luego subir directos a la cima. Pero recordé que, desde el collado Lizaso, también se podía acceder y me pareció que sería mejor. Y todo hubiera ido bien si hubiera mantenido cualquiera de esas dos opciones pero, en aquellos mares verdes, creí oír cantos de sirena y comenzamos a vagar campo a través buscando un camino directo que nos (me) pareció más sencillo (atajo creo que lo llaman).



Y así es como acabamos bordeando una peña y comprobando que habíamos rodeado el Ganbo y estábamos entre éste y el Ganbo-txiki, pero con un cortado en medio. El paso era complicado, había que perder mucha altura y, además, no sabíamos si, detrás de las rocas, el camino sería franco hasta la cumbre. Optamos por subir a la peña para buscar otra vía. Un par de buitres nos esperaban tranquilos y hambrientos, y no paraban de mirarnos. Cuando nos acercamos echaron a volar.


Encontramos una pequeña senda que nos puso a los pies de la rampa final, de manera que no quedaba más que subirla para cumplir nuestro objetivo. Sin embargo, la pendiente era muy fuerte y el cansancio, a esas alturas (del día) empezó a pasar factura; la mochila "minimalista" tampoco ayudó demasiado aunque a Asier no pareció afectarle. Y digo pareció porque, cuando el camino se fue poniendo horizontal, echó a correr hasta los buzones. Él, solo, con su mochilón, con sus horas de caminata, con su frugal comida y con sus santos... narices.

(un caballo mira alucinado a Asier)

_¡Aita, corre, rápido! ¡Los buzones son super bonitos!- gritaba mientras corría.

Yo, con mi sabiduría de años, sabía que los buzones no tenían intención de irse a ninguna parte y que me estarían esperando para cuando llegara, así que seguí a mi ritmo.

Descansamos y contemplamos todo Aralar: Txindoki, Malloak,... el horizonte se veía muy lejano, aunque las nubes altas ya habían empezado a cubrir todo el cielo. Eufóricos, nos tomamos nuestro tiempo antes de empezar el descenso. Esta vez sin experimentos.



PD: Por la clásica del collado Lizaso.
PD2: Y dejamos la nota en el buzón.