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lunes, 2 de mayo de 2016

Akier (11.240 dm.)

El 30 de abril terminamos el mes montañero como lo empezamos, lloviendo, aunque en esta ocasión disfrutamos de la compañía de más meteoros. Lo que se dice un pleno, tres de tres.

Llegamos a buena hora a Lekunberri, aún quedaban tres cruasanes para el redesayuno. Pedimos dos de ellos y otras dos palmeras de chocolate, y las disfrutamos con la tranquilidad de quien ve llover por la ventana. No era una lluvia intensa y cesó enseguida. Pusimos rumbo a Oderitz y llegamos pasadas las diez y media.

El lector fiel se acordará de las gratas experiencias que guardamos de ese pueblo del valle de Larraun y, nada más llegar, un suave gruñido nos hizo recordarlas.


El perro de Yoli y Alberto nos recibió con un ladrido cariñoso y un trozo de madera que apenas le cabía en la boca (por lo pequeño). Lo dejó a nuestros pies y se quedó mirándolo. Bueno, esto último es una suposición porque la melena del animal le tapaba los ojos completamente.

Tras un par de lanzamientos, el palo se convirtió en astilla y buscamos otro más grande para continuar el juego. Ya habíamos comenzado a caminar y los niños seguían tirando el juguete cada vez más lejos hasta que el perro se cansó (o sintió que se alejaba demasiado de su casa) y seguimos solos; ya no vimos a nadie más en todo el día.

Al poco de empezar a subir volvió a caer un fino sirimiri (o como se llame en Navarra). Hacía algo de frío y teníamos los cortavientos puestos por lo que no nos detuvimos; tampoco era para tanto. Sin embargo, la lluvia se transformó en chaparrón en un visto y no visto, y no nos quedó otra que sacar los chubasqueros y los protectores de las mochilas.




Seguimos avanzando y el chaparrón, como vino, se fue, dejando paso a un sol que calentaba de lo lindo. Vuelta a detenerse y a guardarlo todo. Pero el baile no había terminado. Durante la siguiente hora, llovió, hizo sol, granizó, hizo sol, ¡y hasta nos nevó! Parecía que el cielo se había conjurado para tenernos entretenidos pero evité quejarme porque, por lo menos, no caían rayos.

Llegados a un punto, la senda terminó en una explanada. Una piedra señalaba la dirección a seguir y, a partir de ahí, solamente unos hitos dispersos y la obviedad de la pendiente indicaban el camino a la cumbre.



Llegados a un paso, un pequeño cresterío (nada complicado pero mejor ser cauto) dio paso a la cima y su buzón-cohete. Los muchachos dejaron la nota y descendimos hasta un lugar más seguro y protegido; la niebla estaba empezando a aparecer.



Tras los bocadillos, regresamos por otro camino y llegamos de nuevo a Oderitz, donde ya no estaba el perro para jugar con nosotros. Como aún era temprano, nos detuvimos en Astiz para tomar un café y enseñar al resto de la familia dónde se puede estar a gusto, comer y jugar unas partidas de cartas al amor de una buena lumbre.

Los muchachos buscaron otra ocupación e hicieron buenas migas con unos niños, quedándose en el frontón mientras los mayores le dábamos a la cafeína.



PD: Era muy tarde para unos huevos, que si no...
PD2: ME DIJERON que era tarde para unos huevos, que si no...

domingo, 1 de mayo de 2016

Calendario mayo.

Comprobado, el verde ya luce en montes y campos.


PD: Ya solo falta el sol.

martes, 19 de abril de 2016

Irimo (8.960 dm.)

El sábado, 16 de abril, a pesar de las malas predicciones atmosféricas, nos dirigimos a Urretxu con intención de subir al Irimo (8.960 dm.), en lo que fue una bonita jornada de descubrimiento.

No teníamos lugar para el redesayuno. La zona era nueva para nosotros y nuestro referente no la visitaba desde hacía años. Ni siquiera intentamos buscar la pastelería que nos dijo, so pena de toparnos con una tienda de telefonía o peor, un gimnasio; lo fiamos al destino.

Y no nos falló. Callejeando por Urretxu, encontramos una panadería-cafetería con su propio obrador. El lugar era pequeño pero con unas mesas y sillas de mimbre la mar de cómodas. Mientras tomábamos el café, el crusán, las napolitanas (de crema y chocolate) y el lazo de hojaldre dulce, escuchamos cómo Angelines y su madre, dueñas del local, hablaban con una parroquiana de lo que se iban a poner para la boda. Urretxu en estado puro.


Memorizamos el lugar; seguro que hay más montes por ahí.

Llegamos a la ermita de Santa Bárbara y aligeramos las mochilas. Dejamos parte de la ropa de abrigo aunque mantuvimos los chubasqueros. El día amanecía azul y templado pero la ruta nos llevaría un tiempo y nunca se sabe. Nuestra intención era subir a la cumbre, continuar por el cresterío y regresar haciendo una circular.

Comenzamos a caminar disfrutando del verde fresco y tierno de una primavera temprana. La ruta es una clásica para los habitantes de Urretxu y Zumarraga, y nos cruzábamos con gente que subía y bajaba con la apariencia de estar dando un sencillo paseo mañanero. También vimos algún montañero que otro, pero fueron los menos.


 

Llegando a la cruz, empezó a chispear. Nos faltaban pocos metros y tampoco caía tanto como para precisar pararnos, así que apretamos el paso. Hay un refugio a los pies de la Cruz del Irimo y aprovechamos para descansar y picar algo; era demasiado temprano como para comer. Habíamos salvado prácticamente todo el desnivel de la jornada pero la vuelta nos llevaría otro par de horas. Ya habría momento para avituallarse más en serio.

Al asomarnos al exterior comprobamos que llovía aún más. El cielo había cambiado y no iba a volver a salir el sol; al menos no en un tiempo. Sacamos los chubasqueros.

La cima del monte no está en la cruz sino unos metros más arriba. Nos detuvimos para dejar la nota en el buzón y seguimos camino.



Continuamos cresteando. El paisaje del lado de Zumarraga difería mucho del lado opuesto, la industria y el campo. El cielo se iba tornando cada vez más plomizo y la lluvia comenzó a arreciar. Sin apenas darnos cuenta nos encontramos que no era factible ponernos los pantalones de agua. De cintura para abajo estabamos empapados (bueno, la culera, no, los chubasqueros son largos) con lo que lo único que podíamos lograr si lo hacíamos era unas hermosas rozaduras. Decidimos continuar para mantenernos calientes. Tenía una vaga referencia de una zona de esparcimiento a mitad de camino pero desechamos buscarla para no detenernos. Si nos enfriábamos no lo íbamos a pasar bien.

Tras salvar un descenso tan pronunciado como inesperado y buscar un sendero no muy bien marcado fuimos aproximándonos al final de la ruta. Antes de salir, habíamos visto un aterpe detrás la iglesia y teníamos pensado parar allí a comer. Sin embargo, unas tortillas frías y algo de embutido no nos iban a hacer entrar en calor, y mucho menos convertir la jornada en algo memorable. Bueno, memorable, sí, pero no en algo digno de recordar.

Llegamos a la ermita por su parte trasera y vi un restaurante que iba a salvar la jornada. No tuve que insistir para sustituir el contenido de las mochilas por algo más caliente, y sabroso.
 
Tras unos huevos fritos con su txistorra y patatas, un derby, Real-Athletic, marcó el final de la jornada.

 

PD: Aunque no sea un detalle a tener en cuenta para dejar de ir si es necesario, comentar que la calidad de los productos del jatetxe es tan alta como sus precios. 




lunes, 18 de abril de 2016

Feliz santo.

Muchas felicidades a todos aquellos que hoy celebran su santo y que lo hacen tan bien en su trabajo y en su día a día.

PD: Aunque supongo que ya lo sabían.

viernes, 15 de abril de 2016

Otsabio (8.010 dm.)

El sábado, 9 de abril, después de un invierno casi en blanco (y no por la nieve), la familia entera volvió por sus fueros. Buscando, buscando, tiré de memoria y recordé haber visto una excursión interesante en el blog de Iñaki. La encontré en Otsabio (8.010 dm.), aunque no por la ruta que hizo él. Comenzaríamos a andar desde Altzo. No queríamos hacer todo el cresterío y, de esa manera, también tendríamos tiempo de conocer el pueblo.

Como redesayuno, optamos por parar en Tolosa, en Eceiza, pero algo se conjuró en nuestra contra porque pasamos de largo y no hallamos dónde dejar el coche. Decidimos no contrariar al destino, nunca se sabe por qué actúa así; bueno, no siempre. Junto al desvío que nos llevaba hasta Altzo, encontramos la respuesta y cogimos lo necesario para la ruta.


 La jornada se presentaba lluviosa. Nada que nos importara, pues de todos es sabido que, si te mueves, no te enfrías; y frío tampoco hacía demasiado. Pero sí que llovía con ganas y la aproximación nos llevó más de lo deseable (prudencia, amigo conductor, en las estrechas carreteras de la montaña guipuzcoana). Para cuando apagaba el motor, el diluvio se tornaba en suave Sirimiri. Calzamos las botas, atamos los chubasqueros y, al rato, el agua cesó por completo.

 El camino era una pista cementada y pasamos por granjas con todo tipo de animales, ciervos incluidos. Dos de ellos nos llamaron especialmente la atención:

Unos pollos mineros,


, y unas ovejas acaloradas.


Desde su atalaya, una ardilla permanecía atenta a nuestros movimientos.


Terminada la geografía humanizada, comenzó la pista de tierra (también humanizada, pero menos). Los pinos dominaban las laderas cuando, tras un recodo, encontramos La frontera. Nos detuvimos para descansar y aproveché para lanzar una pregunta, que os extiendo a vosotros: ¿Qué de extraño veis en este camino? No sigáis hasta responder.


Obtuve tres respuestas, una de cada miembro de la familia. Os las detallo a continuación, sin especificar su autor:

a.- A un lado del camino están plantados los pinos nuevos y al otro, el bosque viejo de hayas. En los pinos hay hierba debajo y en las hayas, no.
b.- El camino separa dos biomas, el de los pinos y el de las hayas.
c.- A un lado hay hongos y al otro níscalos.

Hubo premio para todos.

Al rato, nos enfrentamos al último tramo. Un hito indica la ruta a seguir porque el lapiaz y las hojas borran cualquier huella precedente; Aimar añadió la piedra de la familia.

(hito equilibrista)


Estábamos inmersos en la niebla. No era muy densa, aunque sí fría. Nos abrigamos al llegar a la cumbre, dejamos la nota en el buzón y comimos algo.


Emprendimos el regreso y, al llegar a Altzo, el cielo se abrió y terminó de caer todo el agua que quedaba. Por fortuna ya llevábamos puestos los chubasqueros y entramos en la única taberna del lugar para tomar algo y preguntar por el famoso gigante. Cuando amaimó, salimos a buscarlo. Llegados al otro extremo del pueblo, junto a un frontón donde unas niñas jugaban una competición de pala, lo encontramos; la verdad que impresionaba.
 



PD: Pensamos en que Aimar se subiera encima de Asier, pero ni por esas.

miércoles, 13 de abril de 2016

Homenaje.


PD: ¿Quién no quiso ser bombero de pequeño?

martes, 12 de abril de 2016

Villaviciosa, el paso del tiempo.

Volvímos a Villaviciosa con el bonito recuerdo de aquella visita de hace siete años: la taberna del Roxu, el bar motero, aquel delicioso chocolate con churros... Lo que no sabíamos es que algunos de aquellos recuerdos iban a seguir siéndolos y añadiríamos otros nuevos a la memoria familiar.

Sin quererlo, entramos en el pueblo por el lado contrario a la primera vez. Aquello nos despistó, no reconocíamos nada, pero empezamos a caminar y enseguida nos situamos. Aquí, la Semana Santa se vive en las calles, y los balcones estaban engalanados con pendones de las diferentes cofradías (o algo así, no soy ducho en esas lides).



Ya orientados, nuestra intención era ir a tomar algo al bar del Roxu. Ese no era su verdadero nombre pero el dueño era pelirrojo y así se había quedado. Recordad, en Asturias no eres nadie si no tienes apodo. Cuando nos acercamos, algo no cuadraba. El exterior era algo diferente, la puerta estaba cerrada,... Nos asomamos y comprobamos que del Roxu no había ni rastro; el paso del tiempo. Decidimos no entrar y dejar incólume el recuerdo de aquellos calamares.

Seguimos paseando. Una feria de artesanía, con el azabache como eje principal, nos llevó un buen tiempo. El justo antes de darnos cuenta de que era la hora de comer. Bueno, era la una y media, pero resulta que nosotros comemos temprano (si podemos). Puestos a elegir sitio, y visto el fracaso del Roxu, desechamos los bares y sidrerías aledañas a la plaza y decidimos ir a uno que habíamos visto cuando callejeábamos por la zona antigua. Lo encontramos con facilidad y leímos el menú; eran tres platos más el postre; el precio, el de la edad de Asier. Nieves y yo nos miramos y, en un susurro, le dije: "Jo, yo no puedo con todo esto". Sin embargo, en la pizarra de al lado, escrito en tiza, un ofrecimiento, que creímos más acorde con nuestras posibilidades gástricas, nos animó a entrar: Cachopón para dos personas. ¡Ay, pobres ingenuos!

En el pequeño restaurante, con el hijo en la barra, la madre atendiendo en las mesas y la abuela en la cocina, grabamos un nuevo recuerdo de ese bonito pueblo.

_¿Qué vais a querer?- nos preguntó la señora.
_Pues nosotros, el cachopón pero para los niños igual es demasiado el menú...
_Nada, nada, éstos lo reparten, hombre.

Y así fue.

Los niños dieron buena cuenta de los trozos de queso frito con mermelada de tomate, el perolo de deliciosa fabada con chorizo y morcilla (interminable incluso con mi ayuda), los chipirones recién pescados,.... La realidad es que allí, en ese pequeño chigre escondido, lucían más estrellas que en todo el universo Michelin.

_¿De postre?
_Nada, nada... por favor.

Salimos con la intención de dar un pequeño y necesario paseo, y cruzamos por delante del bar motero. Estaba cerrado, como aquella vez, pero el cartel había cambiado; quién sabe si seguirá siendo del mismo dueño.






Seguimos deambulando y llegamos a la iglesia de Santa María de la Oliva. La puerta estaba abierta. Entramos. No había nadie y, en un lateral, media docena de pasos aguardaban a la procesión de las siete. El ambiente era acogedor y sobrecogedor a la vez.



Nuestro plan original ya no había quien lo enderezara. Teníamos pensado repetir el chocolate con churros de aquella cafetería pero ya no había valiente que se atreviera. No obstante, entramos a tomar un cafetín. Sentados en la mesa del fondo, junto a una estantería con libros de intercambio (tú dejas uno y te llevas otro), y un par de trozos de bizcocho, gratuitos y traicioneros, cerramos la jornada antes de irnos.



PD: Qué cosas suceden a veces sin prepararlo.